—Gracias, Manolilla. ¿Dónde vas ahora?

—A la posada; allí pasaré la noche.

—¿Y mañana?

—Me voy a Ciudad Real, para ver de entrar en la Maternidad.

—Y a tu novio, ¿no piensas hablarle?

—No, señor. ¿Para qué?...

Su voz, que había ido debilitándose, expiró en un sollozo. Secándose los ojos con su delantal salió del dormitorio, y al cerrar la puerta don Higinio sintió que acababa de cumplirse una grave infamia. Sin embargo, allá en los entresijos más hondos de su alma, orientada perpetuamente hacia la aventura, envidiaba a Manolilla: era joven y el carnaval de lo imprevisto la aguardaba; pero, ¿y a él?... Gordo, viejo, rodeado de familia, atado de pies y manos a su hacienda, ya nada podría arrancarle de allí. Y, sin embargo, todavía su corazón estaba mozo, todavía esperaba. De aquí la emoción de envidia que Manolilla le dejó al marcharse.

«¡Quién hubiera comido torrijas como ella!...» —pensó.

Para todo, sin embargo, era ya un poco tarde. A los cincuenta y dos años, ligado a la tierra, más que por los negocios por hábitos inveterados de sedentarismo y de inacción, ¿adónde ir?... Don Higinio apreciaba las hondas mutaciones que en las personas, como en los afectos, el tiempo andariego había realizado, y de todas partes llegaba a él un aliento de silencio, olvido y desilusión. Lentamente, reconocíase apartado de la circulación y cual empujado hacia el margen de la vida; otras generaciones arrebataron a la suya las riendas de la actividad, y el ver cómo los matrimonios de personas que conoció pequeñas iban cargándose de hijos, traíale la sensación de la humanidad que marchaba tras él. A su alrededor, todo decaía y retoñaba: doña Emilia tenía los cabellos grises; Teresita estaba más sorda y cenceña que nunca, y el carnoso y decorativo crepúsculo de doña Lucía, a la vez, por diversos lados se desmayaba y batía en deplorable retirada. Sus amigos hallábanse igualmente malparados, y de los más íntimos su fiel memoria conservaba dos imágenes: la garrida que lucieron de mozos, y la otra, fea y vieja, que los afanes del vivir les fue dejando. Don Jerónimo Arribas había engordado tanto, que el tejido adiposo le ahogaba y apenas podía ocuparse de su bufete; don Gregorio había perdido la fina vista y el seguro pulso de sus buenos tiempos, y apenas se acordaba de la escopeta; don Cándido envejecía dentro de su botica, como las antiguas imágenes de cera se decoloran y amustian en la penumbra polvorienta de las capillas; Julio Cenén, a pesar de su frivolidad ornitológica, también se había sosegado, al extremo de que su mujer, como si quisiera vengarse de cuanto sufrió a su lado, apenas le permitía salir de noche; Gutiérrez, clavado por el reúma en su sillón de la Administración de Correos, iba poco al Casino; desde la calle, a través de las enrejadas ventanas de la oficina, se le veía escribir, y en la semioscuridad de la estancia su cabeza, de cabellos blancos y rizosos, parecía una bola de algodón.

A los viejos perfiles achacosos y lentos sustituían otras figuras mozas y ágiles. El noble Perea reconocía la pesadumbre de los años, más que en sus propios achaques y goteras, en el pasmoso florecimiento de sus hijos. Anselmo, el primogénito, era abogado y había abierto bufete en Ciudad Real; Joaquinito cursaba segundo año de Medicina; Carmen se había casado y tenía un niño, Higinín, rubio como las mazorcas y con los ojos grandes, crédulos y azules de su abuelo.