Mientras estas egregias imaginaciones zarandeaban el espíritu de don Higinio, Manolilla permanecía inmóvil y humilde, como esperando un fallo. Al cabo, la cuitada pensó que debía despedirse:
—Bien, pues..., ustedes me perdonarán si en algo he faltado.
—No, mujer.
—Y hasta otro día..., si no me muero... y quieren ustedes recibirme...
Hablaba a tropezones, tragándose las lágrimas. Perea se incorporó en la cama y registró los bolsillos de su chaleco, colgado sobre el respaldo de una silla.
—Toma —dijo.
La ofrecía dos duros. Ella rehusó; acababa de cobrar su salario y sus ahorros ascendían a cuarenta pesetas. ¿Para qué más? Don Higinio admiró la despreocupación, el estoicismo, con que Manolilla miraba al porvenir.
—No importa —insistió—; esto es un regalo mío; guárdatelo, guárdalo pronto y que nadie lo sepa.
Cedió ella, y, tímidamente, se acercó al lecho.
—Que Dios le aumente la salud.