—El cocinero no quiere ni oír hablar de ella, y ya comprenderás que no estoy dispuesta a remediar culpas ajenas. Ahora menos mal, pues nadie lo sabe; pero, ¿y después?... Ella dice que no tiene dónde ir, y a su casa no quiere volver, porque si su padre la ve así, la mata. Yo lo comprendo y hasta la compadezco... ¡francamente!... la compadezco; pero... ¡allá cada cual con sus acciones!... ¡Que no hubiese comido torrijas!
Se levantó para marcharse y su gesto era austero, glacial, como el del arcángel que anunció a nuestros primeros padres la pérdida del Paraíso.
—A mí —dijo Teresita— esa Manolilla me da mucha compasión. ¡Como la hemos conocido pequeña!... Ahora la pobre está metida en su cuarto y llorando, pero llorando a ríos, mientras recoge sus ropitas...
Las dos hermanas salieron del dormitorio. Don Higinio quedose pensativo, y unos instantes su alma generosa censuró colérica la actitud desjugada, inhumanamente moral, de su mujer. ¡Ser buena!... ¡Es tan fácil la virtud cuando se han satisfecho todas las necesidades del corazón y del estómago!... Manolilla, en cambio, nada poseía. Como es lógico, la infeliz desearía emanciparse del fogón, conquistar un hogar, un marido; si se dio, acaso fuera para retener mejor a su amante; y de pronto sus esperanzas se derrumban, su burlador la abandona cobarde y se halla desamparada de todos, sin casa honesta donde refugiarse. Emilia razonaba bien: «¡Que no hubiese comido torrijas!...». Pero, ¿quién no delinque? ¿Quién, en cualquiera de las emboscadas que, tan pronto el amor, como el orgullo, la necesidad o la codicia, tienden a la integridad del hombre, no comió torrijas alguna vez?... Y, por lo mismo, Jesús, bajo cuyos pies descalzos se hundió el mundo antiguo, ¿no mandó perdonar siempre?... Después pensó en el cocinero que tan mal parada y raída dejó la doncellez de la muchacha. Le conocía de vista: era un mozalbete veintenario, picado de viruelas, rubio, presumido y desagradable. Sin embargo, Perea le envidiaba: aquel perillán, que seguramente no sabía escribir, corría aventuras y seducía criadas, aunque estas fuesen tan poco apetecibles como Manolilla; pero él, fuera de su noche de boda, ¿qué podía contar?... ¿No tenía su vida la sinceridad del sol, el aburrimiento de la llanada?... Ciertamente que doña Lucía se le rindió; mas no fue a él, al hombre, sino al prestigio de su mentira; acerca de esto ni su modestia ni su buen criterio y discurso podían equivocarse.
En tales pensamientos andaba el conspicuo manchego cuando llamaron a la puerta.
—¡Adelante!...
Era Manolilla. La muchacha raquítica, paliducha, esmirriada, se quedó en el dintel; las piernas un poco abiertas, los ojos bajos, cohibidos por la presencia del amo. Llevaba puesto un mantón a cuadros azules y blancos, y en las manos un hinchado atadijo de ropas.
—Ya le habrá dicho a usted la señora que me voy —murmuró.
—Sí, hija mía.
Ante la humillación y destierro de la pecadora sintió una emoción subidísima, un enternecimiento que, a durar, se hubiese resuelto en lágrimas. ¡La pobre criatura! Él, de seguir los evangélicos dictados de su voluntad, hubiera dicho: «Manolilla: Tú no te vas; tú te quedas con nosotros, pues no tienes adonde ir. Si tu padre, siguiendo preocupaciones rancias, te maldice, yo, hombre moderno, hombre cristiano, te perdono y recojo. Vuelve a tu cuarto, infeliz, y deja en él tus ropitas. Seca tu llanto. Aquí darás a luz tu hijo, y, entre todos, te ayudaremos a criarle. Los pañales que mis niños se pusieron servirán al tuyo. Yo no continúo la obra execrable de traición, de egoísmo y de infamia que comenzó tu amante». Esto era lo hermoso, lo noble, lo que Cristo, de vivir en Serranillas, hubiera hecho. Pero don Higinio reconocíase incapaz de tan alta empresa. ¿Cómo obtener de doña Emilia el indulto de la muchacha? ¿Cómo llevar a su entendimiento y menos a su ordenado corazón, la idea de que todos los pequeñuelos, sean de quien fueren, deben sernos igualmente amados? Imposible; el criterio de doña Emilia era el de todo el pueblo; el egoísmo humano es tan colosal que llena el horizonte, y ¿cómo sustraerse al horizonte?...