Doña Emilia prosiguió:
—Inmediatamente, como supondrás, la he despedido; lo siento porque es una criada de buen carácter, trabajadora y limpia. Pero en ese estado no puede continuar aquí. Con quien tú eres y la fama que tienes, el pueblo iba a decir en seguida que el chiquillo era tuyo. ¿Qué te parece? ¡Una mocosa de dieciséis años! ¡Qué corrupción, Señor, qué corrupción!...
Don Higinio encendió un cigarrillo; la historia le interesaba; quiso oír detalles.
—Lo hemos descubierto —repuso doña Emilia— por casualidad. A Teresa y a mí nos había chocado el vientre de Manolilla; la encontrábamos demasiado redonda. ¡Pero como esa gente lleva siempre tantos refajos!... Ahora llego a la cocina y veo las torrijas que la di anoche intactas en un plato. ¡Lo que a mí se me escape!... «¿Por qué no las has comido?», pregunto. «Porque no tenía ganas». —«¿No estaban buenas?». —«Sí, señora». —«Y entonces, ¿cómo las dejas? Yo sé que te gustan mucho...». Se puso muy colorada y el corazón me dio un vuelco. Pensé que las torrijas estaban envenenadas, que alguien quería matarnos..., ¡no sé!... ¡Como el mundo esconde tanta maldad!... Entonces cierro la puerta, agarro a la chiquilla por los brazos, la doy un buen zamarreo y la digo: «Ahora mismo, delante de mí, te comes las torrijas». —«No, señora; no tengo ganas». —«Pues sin ganas; solo por complacerme vas a comértelas». Cojo el plato y se lo pongo delante. Y ella callada. «Come». Callada. «¡Come!». A la tercera vez no pude contenerme y la di una bofetada. La maldita, nada; muy encendida y sin levantar los ojos del suelo. A mí la rabia me ahogaba; al mismo tiempo no quería gritar, porque pensé: «Si Higinio se levanta, esto acaba mal». ¡Porque conozco tu genio! Tú eres muy bueno mientras no te pinchen; tú ves a Manolilla así, emperrada en no hablar ¡y la ahogas!...
Perea hizo un mohín modesto para encubrir la satisfacción que le causaba la convicción que su mujer tenía en su heroísmo. Doña Emilia y Teresita se habían sentado al borde del lecho. La narradora prosiguió:
—Yo no sé cuántas bofetadas la di; todavía me duele la mano. En estas llega Vicenta, y al enterarse de lo que sucedía, me dice: «No se canse usted, señorita; aquí la única que conoce a esta hipócrita soy yo; para hacerla hablar hay que quemarla el trasero con una plancha. ¡Yo me encargo!...». En fin, la chiquilla tuvo miedo y confesó. Me dijo que estaba embarazada de cinco meses... ¿Ves qué infamia?... ¡De cinco meses!... Y que así la despellejásemos no comería torrijas, porque el autor de su desgracia es un muchacho de Ciudad Real que trabaja de cocinero en la taberna de Tocinico, y la tarde en que por primera y única vez fue suya, el granuja la dio a probar de unas torrijas que estaba haciendo. ¿Qué te parece la explicación? ¡Yo me quedé fría! ¿Tú has oído nada con menos sentido común?...
Don Higinio no respondió. El odio africano, exquisitamente tierno y ridículo a la vez que la infeliz Manolilla dedicaba a las torrijas, él lo comprendía; era un odio semejante al que su corazón alimentó en otro tiempo hacia Le Matin, verbigracia, o contra la calle Feydeau. Las torrijas fueron para Manolilla lo que para doña Lucía aquellos viejos periódicos que hablaban del misterioso crimen de la Grande Jatte: un pretexto; y en la vida, donde nada es sólido, grande ni definitivo, ¿qué es todo lo que ocurre sino el pretexto de cuanto ha de venir detrás?...
—¿Y qué piensas hacer con Manolilla? —preguntó.
—Despedirla, ¿no lo sabes?...
—¡Pero, así!... ¿El autor del desaguisado qué dice?