Acababan de beber el café cuando llamaron a la puerta don Jerónimo Arribas y Julio Cenén, a quienes don Higinio se apresuró a obsequiar con cigarros habanos y licores.

—¿Cómo andan esos ánimos? —interrogó el notario.

—Bien, muy bien.

—¡Naturalmente! ¡Todos le envidiamos a usted!...

Era pequeño y panzudo y tenía esa respiración anhelante de los obesos que sugiere deseos de abrir las ventanas. Siempre llevaba sueltos tres o cuatro botones del chaleco, y como al sentarse sus piernecillas le quedaban colgando, gustaba de enlazarlas a su bastón que ponía a modo de puente entre el suelo y el borde delantero de la silla.

—Yo solo le encargo, querido Perea —dijo Cenén—, la pitillera que usted sabe...

—Y yo —agregó Arribas—, que no eche usted en saco roto mi pianola.

Hubo un rato de discreteo ameno y picante. A don Gregorio le había intrigado la admonición del secretario del Ayuntamiento, y empezó a zaherirle.

—Ya tenemos en danza a Cenén, cada día con la cabeza más chiquita y los pantalones más cortos. ¿Qué pitillera es esa?...

El secretario, efectivamente, era como Hernández decía, y su cabecita aguda y calva, sus ojos ratoniles y su rostro pálido, terminado por una barba cortada en punta, carecían de majestad. Pero, en cambio, tenía la réplica fácil y virulenta y sabia molestar. Reprochó al médico su manera de comer, su gordura, la arruga horizontal que todos sus trajes le formaban en la espalda, el tamaño de sus pies de ogro, tan grandes que con el cuero de sus botas podría esterarse una habitación.