—De sus fuerzas —agregó— no digo nada: yo, cuando le saludo en la calle, le doy la mano cerrada. De su elegancia tampoco hablemos; un día le vi de frac en el Casino y me dieron ganas de comer; parecía un mozo; solo le faltaba la servilleta al brazo; su frac me produjo el efecto de un aperitivo...

Picado don Gregorio quiso responder: él no sería elegante, pero sí trabajador, lo que tratándose de hombres casados es lo principal.

—¿Usted comprende que si no fuese así, yo, por ejemplo, que muchas veces me acuesto a las cinco de la mañana, a las ocho esté otra vez en la calle?

El ingenio de Cenén, que de socaliñas y venenosos apotegmas tenía siempre y a propósito de todo gran cosecha, halló en seguida una respuesta mortificante: se acordó de que Hernández no era muy limpio.

—Sí, ya lo sabemos —dijo—, efectivamente..., hay cosas que se huelen, pero no se explican...

Todos reían y la conversación iba a agriarse. Afortunadamente, una criada anunció desde la puerta a los hombres que habían de llevar el equipaje.

Los circunstantes se levantaron. Don Gregorio dio dos fragorosas palmadas, remedo de aquellas con que, siendo estudiante, los bedeles anunciaban la entrada en clase. Eran las nueve.

—El tren llega a las diez menos quince —dijo el médico—; pero debemos ir acercándonos a la estación. Necesitamos facturar y cuarenta y cinco minutos pasan en seguida.

Prevaleció su consejo. En un santiamén Teresita y doña Emilia acabaron de pergeñarse. La esposa de Perea estaba inconsolable; tenía la nariz y los párpados enrojecidos, y con su incesante llorar no podía empolvarse bien. Teresita secreteó con su cuñado:

—Las muchachas y el jardinero quieren ir a despedirte, ¿les das permiso?...