Magnánimo, ligeramente desdeñoso, don Higinio accedió. ¿A qué venía tal pregunta? ¡Que fuesen! ¿Cuándo contrarió ni oprimió él a nadie?...

Uno de los mozos cargadores echose a cuestas los sesenta y tantos kilos que pesaba el baúl; el otro recogió la sombrerera, el portamantas, el maletín y la merienda envuelta en un número de El Faro. Inmediatamente, todos, ordenados de dos en fondo, salieron a la calle. El tiempo era hermoso: una noche otoñal apacible, tibia y lunada; acribillaban magníficamente las estrellas el soberbio terciopelo celeste; dormía la brisa entre los árboles, que erguían su misterio verde sobre la blancura de los bardales, y a lo largo de la calle ancha y desierta, el caserío de planta baja, con sus fachadas enjalbegadas lindamente y los quicios de puertas y ventanas pintados de ocre o de azul, dibujaban una perspectiva simpática. El viajero recontó su acompañamiento: rodeando a los hombres portadores del equipaje iban sus hijos y los del médico; la infancia componía la vanguardia. Seguíanles Teresa y doña Benita, luego él y su mujer, después don Gregorio y doña Lucía, que ocupaban con la amplitud de sus lomos toda la acera; tras ellos Julio Cenén y don Cándido, luego el notario, y, finalmente, el ama de llaves, Vicenta la cocinera, el jardinero y las dos azafatas que componían la servidumbre de don Higinio. Muchas persianas, esas persianas brujas desde las cuales las mujeres lugareñas todo lo ven, se entreabrían discretamente con disimulo de atisbo y misterio, al paso de la pequeña comitiva. Al cruzar la plaza incorporose a ella don Tomás Murillo. Saludáronle todos sin detenerse y prosiguieron caminando un poco azorados, pareciéndoles haber oído en el silencio religioso de la noche y allá muy lejos el silbido de un tren. Las pisadas resonaron más fuertes. Delante, balanceándose animador sobre los hombros del tagarote que lo llevaba, el baúl de don Higinio, con su blindaje de hojalata bruñida, rebrillando bajo la palidez lunar, parecía un lábaro.

Cuando llegaron a la estación aún había poca gente; pero los amigos de aquel «medio Casino», de que don Gregorio Hernández había hablado, no tardaron en ir apareciendo. Les veían pasar en grupitos de cuatro y cinco individuos por detrás de la empalizada azul y blanca que aislaba el andén, y don Higinio les reconocía por la voz.

—Me parece que ahí viene don Pedro... Creo que esa tos es la de don Cesáreo...

Los que habían acompañado a Perea desde su casa rodeaban a doña Emilia y Teresita formando una guardia de honor. Aquella situación, un poco aparte, les enorgullecía: eran los buenos, los íntimos, los que «se hacían cargo» del trance doloroso por que la familia del expedicionario benemérito estaba pasando. Don Higinio andaba turulato de un lado a otro, repartiendo apretones de manos, oyendo y diciendo frases cuyo significado, en el cómico rebullicio de sus ideas, no comprendía bien. Y a todos sus amigos les decía lo mismo:

—¡Pero, hombre!... ¿Por qué se ha molestado usted en venir?... ¡No valía la pena!...

Las personas que acudieron a festejar con un saludo la marcha de Perea llegaban a doscientas. Nunca, excepción hecha del día en que todo el vecindario se reunió allí para vitorear al Rey, fue el modesto andén de Serranillas teatro de una manifestación igual. Entre los grupos, Juan Pantaleón, embozado en su manta, un farol en la mano, paseaba su emoción: una inquietud agridulce de antiguo trotatierras; él no era egoísta, ya que no podía moverse de allí, complacíale que se fuesen los demás.

Sobre las dos esferas del reloj saledizo que decoraba la fachada de la estación, las manecillas negras avanzaban inexorables. Doña Emilia tuvo frío, miedo, y acercándose a su marido que charlaba con Gutiérrez, el jefe de Correos, le oprimió un brazo. ¿Por qué en el transcurso de aquel día no le habría besado más veces?...

—¡Qué pocos minutos nos quedan de estar juntos! —murmuró.

Al grupo formado por las familias de don Gregorio y de don Cándido, los chiquillos y los servidores de Perea traían noticias diversas, todas nerviosas, interesantes, que calofriaban la piel.