—Ya han facturado el baúl... El tren sale en este momento de la estación inmediata... Ahora dicen que pasa el puente...
Los enseres que el viajero llevaba consigo habían sido colocados al borde del andén, junto a la vía. De pronto la muchedumbre, sacudida por esos presentimientos raros del alma colectiva, osciló, se arremolinó. Iba a llegar el tren. Juan Pantaleón avanzaba separando al público:
—Señores, háganme el favor de retirarse; échense atrás; el andén ha de estar libre...
Se oyó una trepidación: algo hondo, arcano, como un sacudimiento telúrico; lejos, en la negrura inmensa, brilló una luz. El rápido. Vibró un silbido agudísimo y sobre la chimenea de la locomotora que acababa de dibujarse ondeó en graciosas espirales una blanca columna de humo. Pasó la máquina jadeante, enorme, cubierta de vapor, irradiando un calor de infierno, y casi al mismo tiempo, de súbito, tras un estridente atabaleo de frenos, el convoy se detuvo. Del fragor de la llegada al silencio de los vagones inmóviles, agarrotados, apenas hubo transición. Nadie se asomó a las ventanillas cerradas, oscuras; sin duda todos los viajeros iban durmiendo. Y fue entonces, en aquellos instantes de absoluta calma, cuando Juan Pantaleón, nervioso, emocionado y artista como nunca, cantó por tres veces, con su voz de tenor, el nombre de su pueblo. Miraba a don Higinio:
—¡Serraniiiillas... dos minutos!...
A Perea, conmovido y ridículo, los ojos se le llenaron de lágrimas. Abrazó a su mujer, a su cuñada, a los niños; se deslizó de los brazos del médico para caer en los del farmacéutico, en los del notario, en los del cura...
Sonó una campana; no había momento que perder. ¡Pronto, arriba!... Empujado, aupado por todos y como en volandas, don Higinio subió a un vagón. Por la ventanilla le entregaron el portamantas, la sombrerera, el maletín, el paquete de la merienda... todo a escape, casi a golpes. Aún pudo estrechar varias manos, no sabía de quién...
Alguien gritó:
—¡Viva don Higinio Perea!
—¡Viva! —repitió la multitud.