Y don Gregorio:

—¡Viva el conquistador de París!

—¡Viva! —contestó el coro.

El tren rodaba ya. Los circunstantes despedían al viajero sacudiendo sus sombreros en alto. Inmóvil en la ventanilla, don Higinio agitaba un pañuelo; aquel pañuelo blanco lo vieron todos flamear largo rato; luego, como luz que se extingue, desapareció....

La leyenda empezaba.

III

Cuatro días después, a las siete de la mañana, don Higinio pasaba el Bidasoa. Siempre modesto, iba en segunda clase. Acodado sobre una ventanilla, el audaz manchego observaba con ojos de curiosidad y avidez los nuevos aspectos que la realidad le ofrecía. De Irún a Hendaya, a pesar de su vecindad física, ¡qué pasmosa distancia moral!... El paisaje no había cambiado, y, sin embargo, el idioma, los trajes, hasta los tipos, modificados de súbito por la proverbial amabilidad francesa, eran distintos. ¿Debía creerse que una montaña, un riachuelo o un túnel alejasen tanto a unos hombres de otros?... Más que la indumentaria de los gendarmes, admiraba Perea la urbana diligencia y corrección de los mozos de andén. ¿Cómo, individuos que ganaban su vida cargando baúles, podían hallarse tan bien educados?

Cuando arrancó el tren, don Higinio, aunque no tenía sueño, tendiose cómodamente sobre uno de los asientos, feliz de hallarse solo; su portamantas, su sombrerera, su maletín y el bastón de estoque que llevaba aparte, ocupaban una de las redecillas destinadas a equipajes. La idea de que por momentos la distancia que le separaba de Serranillas iba agrandándose, le hinchaba de orgullo. Ninguno de sus conterráneos se había atrevido a ir tan lejos.

—¡Cuánto hablarán de mí! —pensaba.

En la estación de San Juan de Luz subieron a su departamento un matrimonio francés y un caballero de barba rubia y cuadrada. Don Higinio inmediatamente se incorporó y fue a sentarse junto a una ventanilla, de espaldas a la máquina, para mejor resguardarse del viento y del polvo. El señor de la hermosa barba rútila ocupó cerca de la ventanilla contraria idéntica posición. El matrimonio instalose también en aquel asiento, y de modo que ella quedó a la derecha de don Higinio. Era una mujercita de mediana estatura, ni delgada ni gruesa, vestida de gris; representaba veinte años, pero la expresión y travesura de sus ojos azules declaraban muchos más. Llevaba los cabellos cortos y rizados lindamente, y en la alegría del semblante, rosado y saludable, se abría la tentación de una boca preciosa: una de esas boquirritas recogidas, carnosas, bermejas como fresas, absurdas de puro correctas y bien concluidas, con que ríen los maniquíes de cera en los escaparates de las tiendas de modas. Tenía las manos cuidadas y pequeñas, y los piececitos, que apoyó cómodamente en el borde del asiento frontero, finos y bien calzados. El marido, alto, cenceño y rojo, el rostro decorado por un legítimo bigote francés, largo y caído, apenas arregló su equipaje y deslizó sus pies en la caliente blandura de unas zapatillas suizas, sumiose en la lectura de Le Matin. Todo lo observaba Perea, y hasta de lo más nimio se suspendía y maravillaba. Jamás ni en Serranillas, ni en Almodóvar del Campo, ni aun en Ciudad Real llegaron a ver sus ojos tres tipos así. ¡Esto era vivir! Y su cuerpo estremecíase de miedo, de júbilo, de pasmo, cual si a su lado, rozándole, pasase la Aventura.