Como hacía frío, don Higinio tuvo que abrigarse las piernas con su manta de viaje; sus manos se amorataban y sufría unos deseos rabiosos de fumar que no satisfizo por no parecer descortés. El matrimonio cambiaba a intervalos largos algunas palabras, muy pocas, y él volvía a la lectura de su periódico; el caballero de la barba dorada hojeaba un libro; y ella, la damita de la boca encendida, se abrillantaba las uñas con un pulidor de marfil; a cada movimiento, los crespos rizos color nogal temblaban sobre la nieve de la nuca. Perea tuvo vergüenza de su ociosidad y poltronería, y aunque tímido, como las novelas y el cinematógrafo le habían llenado la cabeza de lances galantes en ferrocarril, comenzó a mirar a la viajera con intención expresiva. En el extranjero, los españoles, si han de mantener su leyenda donjuanesca, necesitan ser así; a don Higinio aquel coqueteo inocente le parecía un compromiso de raza.

En Bayona pusieron calentadores de agua hirviendo para los pies, y entraron dos jóvenes alemanes, lampiños, rubios y blancos, como héroes nibelungos, que por su buena traza, cortesana distinción de ademanes y mucha alegría, debían de ser estudiantes ricos. Habíanse sentado enfrente de don Higinio, y apenas reanudó su marcha el tren, cuando el más alto de ellos diose a observar a la señora francesa con ahinco y complacencia evidentes y como si el marido no estuviese allí. Perea observaba de reojo sus gestos: sin duda hablaban de él, y esto le molestó de manera que le puso en ánimos y disposición de pelea. Afortunadamente, su bastón de estoque estaba allí.

Para reprimir su enojo y distraerse quiso mirar el paisaje, mas no pudo; una densa neblina cubría los campos, y el vaho de las respiraciones y de los calentadores había empañado los cristales del vagón. Además los estudiantes alemanes le obsesionaban. ¿Estarían burlándose de él?... Ellos advirtieron la tenacidad con que el vidrioso manchego les espiaba, y acaso con el propósito ladino de tranquilizarle, le interpelaron amablemente:

—¿Comprende el alemán?

Don Higinio Perea se alzó de hombros, ruborizándose como una señorita, y su empacho arreció al notar que la viajera volvía hacia él su bonita cabeza y que su boca de grana se llenaba de risa. Los estudiantes, muy complacidos, repitieron su pregunta en francés:

—Ni una palabra —contestó don Higinio.

—¿Español?

—Sí, español...

Esto fue lo único que entendió bien, y replicó con tal entereza que hubo en su vehemencia como un desafío. Sin embargo, la cordial llaneza con que los alemanes le habían hablado, desvanecieron su odio y redujeron a simpatía y mansedumbre su voluntad.

—Sin duda creían que yo era el esposo —meditó.