Desde aquel instante sintiose recobrado y tranquilo, y hasta pareciole que la asistencia de la linda viajera establecía entre él y los estudiantes cierta complicidad. Al otro extremo del vagón, el caballero de la barba cuadrada color de sol leía impasible en un libro. Los alemanes charlaban, reían y gesticulaban como si boxeasen; luego descorcharon una botella de cerveza, sacaron de un cestillo pan y fiambres y se pusieron a merendar. La joven parecía escucharles con singular interés y a ratos bajaba la cabeza, tragándose una sonrisa. Ellos la interrogaron:
—¿Entienden ustedes el alemán?
Aludían al hombre del bigote lacio y frondoso que leía Le Matin. Ella, muy avisadamente, repuso:
—Yo, sí, señores; lo comprendo y lo hablo; mi marido, no.
El esposo interpeló en voz baja:
—¿Qué dicen?
—Preguntan si sabes alemán.
—Ya...
Y les miró haciendo con la cabeza un gesto negativo. Ceremoniosos y correctísimos, los dos jóvenes se inclinaron.
Durante mucho tiempo don Higinio, fatigado de amoricones y miradas, se dedicó a buscar con su pie derecho los de la francesita, quien sin comprometedoras alharacas de mujer perseguida, delicadamente, esquivaba los suyos. Los estudiantes sorprendieron la torpe persecución y la comentaron con la hilarante y bulliciosa expansión que la seguridad de no ser comprendidos del esposo les permitía. La joven, deteniendo a duras penas su interior regocijo, se mordía los labios, y así acrecentaba su tentadora humedad y sanguinario color. Ellos proseguían hablando sin cesar de mirarla, vencidos igualmente por el hechizo rojo de su boca breve, casi redonda, ardiente como la fresca cicatriz de un botón de fuego.