De pronto la locomotora silbó y el tren, que llevaba sus luces apagadas, penetró en la lobreguez de un túnel. Don Higinio, cuya sexual glotonería iba ya muy alarmada, tanto por los traqueteos del vagón como por la tibia y fragante proximidad de la viajera, aprovechó aquella ocasión para pellizcar a la francesita en una nalga. ¡Si Emilia le viese!... Y entonces acaeció algo inaudito, tartarinesco y lejos de toda probabilidad y carril; y fue que, apenas había don Higinio realizado su pecaminoso pensamiento, cuando pareciole que en la tiniebla enorme del vagón una sombra avanzaba, y al mismo tiempo que oía crepitar cerca de él un beso ansioso, lleno de vehemente lujuria, recibió la más formidable, infamante y escandalosa bofetada que dieron a manchego; y como su enemigo, para mejor afrentarle y burlarle, se la recetó con la mano abierta, si la percusión no fue grande, el escozor de la mejilla golpeada y el ridículo consiguiente al estampido del porrazo fueron mayúsculos.

Cuando el tren volvió a la luz, Perea, los dos alemanes y el marido de la francesita se miraban interrogantes y amenazadores: unos parecían sorprendidos, otros iracundos. Hasta el señor de la barba de similor, que había oído la pronta furia con que al ósculo respondió la bofetada, monologueó algunas palabras en inglés.

El esposo de la francesa, trémulo, había tirado Le Matin al suelo y bajo su lacio bigote galo sus labios blanqueaban de cólera. Estaba cierto de que habían besado a su mujer y de que ella —la buena, la heroica—, apenas recibió la ofensa castigó rudamente al ofensor. Pero, ¿cuál de aquellos cuatro hombres sería el miserable?... Y sin moverse, sus puños se crispaban, y sus ojos, inflamados, taladrantes como cuchillos, iban insultadores de unos a otros, buscando una víctima.

La viajera tampoco conseguía explicarse lo ocurrido. Unos labios jóvenes —ella juraría que eran jóvenes—, unos labios que olían a cigarrillos egipcios y a trébol, se habían aplastado rápida y frenéticamente contra los suyos; pero quién la besó —el ladrón de su boca podía ser cualquiera de los tres hombres que tenía más cerca— no la interesaba tanto como el autor de aquella bofetada oportuna y cruel que resonó como una pedrada en un espejo. ¿Quién pudo defenderla así? Su marido no era, bien claro lo decía la perplejidad que trastornaba el semblante del hombre de los bigotes desmayados. ¿Entonces?...

Don Higinio, por su parte, estaba embarullado; lo anómalo y ridículo de su situación poníanle fuera de sí. No dudaba de que uno de los estudiantes dio el beso, como también juraría que fue la francesita quien le abofeteó, y así, a la vez que envidiaba al teutón y adoraba la grácil y aniñada delicadeza de aquella mano, maravillábase de su esfuerzo viril. ¡Ah, si él hubiera podido explicarse!... Únicamente le tranquilizaba la seguridad de que era una mujer, no un hombre, quien había desarrollado en su mejilla aquel molesto calor, aquella especie de hormigueo profundo que por momentos iba transformándose en hinchazón. La suciedad en que su conciencia se hallaba, le permitía explicarse la equivocación de la viajera: él era el de las miraditas insinuantes, el de los pisotones, el del pellizco, en fin. Así, la joven, al sentirse besada, se revolvió contra él. ¡Era lo lógico! Perea, al término de sus meditaciones, se halló consolado: «manos blancas» si enojan no ofenden; ¡peor hubiera sido que el hombre de Le Matin se hubiese enterado!...

Entretanto, los alemanes cuchicheaban animadamente; el más alto explicaba a su compañero lo sucedido; fue un lance disparatado, vodevilesco, digno de Boccacio o del caballero Casanova. Minutos antes, en el preciso momento de inmergirse el tren bajo el túnel, la oscuridad le inspiró un deseo loco, sádico, irrefrenable, de besar a su compañera de viaje en la boca; y al mismo tiempo que sin meditarlo apenas satisfacía aquel frenesí, para ponerse a salvo de sospechas descargó sobre el soplado coramvobis de don Higinio su mano abierta. Los dos estudiantes reían a carcajadas del donaire: era una improvisación maquiavélica, una genialidad bufa, estridente, de caricaturista.

La aventura no tuvo derivaciones ni pasó adelante. El matrimonio se apeó en Landas, y los alemanes y el caballero de la barba dorada se quedaron en Burdeos; por cuanto don Higinio, a no persistir la molesta tumefacción de su carrillo, hubiese llegado a creer que todo aquel cómico lance, con las figuras que en él intervinieron, invención goyesca fue de sueño y de risa.

En el café de la estación de Burdeos, Perea escribió dos postales: una, dirigida a su mujer, y otra, a don Gregorio. La primera decía:

«Llegué sin novedad. Dentro de breves momentos sigo hacia París. Francia es admirable. Ya irás conociendo mis impresiones. Besos».

Y la segunda: