«Acabo de beber a su salud y a la de mis amigos del Casino un vaso de este vino sin rival. Reanudo mi viaje. Abrazo a todos».
Don Higinio suspiró. Todo ello era mentira; pero, ¿sería admisible la realidad uniforme, soñolienta y pacata si, a intervalos, no echásemos sobre su vulgaridad la sazonada belleza de una inocente superchería?...
Al salir el tren de Burdeos llovía copiosamente: uno de esos aguaceros compactos, silenciosos, como hechos de neblina, del otoño francés. Por todas partes castañares espesos, campos verdes esmeradamente cultivados, casitas de dos pisos con puntiagudas techumbres de pizarra, vacas normandas de ubres crecidas y mirar bondadoso que recibían el chaparrón tumbadas en el suelo. Y lejos, apareciendo o esquivándose alternativamente entre los grupos de edificios, un trozo de mar, mástiles de veleros, chimeneas, grúas, y las torres famosas de la catedral levantando su esbeltez sobre la gris monotonía de la ciudad entristecida por el agua y el humo.
Muchos días después de arribar al término de su viaje, don Higinio, todas las mañanas, al despertarse en su cuartito del hotel de los Alpes, tenía el mismo pensamiento:
«Estoy en París».
Y a esta idea pura, casi abstracta, un fuerte y candoroso regocijo interior respondía: ¡París!... El teatro de todas las novelas, de todas las bufas peripecias que se devanan en los cinematógrafos, de los millonarios, de las grandes heteras que hicieron olvidar a los reyes galantes de Inglaterra y de Bélgica la pesantez de sus coronas; el escenario de cuantos crímenes folletinescos y arcanos estremecen al mundo. ¡París!... ¡El foco de las elegancias, del arte y del vicio, donde el dinero, la belleza y el buen gusto de una civilización refinada instalaron las alcobas más célebres de Europa! ¡París!... ¡Y él, vecino modesto del modestísimo pueblo de Serranillas, estaba allí, en la Ciudad-Sol, a quince céntimos de ómnibus de la Venus de Milo, y a otros quince del Jardín de Plantas!...
Dos semanas eran transcurridas desde que las suelas de sus botas manchegas resonaron bajo las bóvedas de la Estación de Orleáns, y un coche le llevó al hotel de los Alpes, situado en el cruce de las calles de Trévise y Bleue, allá en las alegrías montmartresas del noveno distrito. A partir de entonces nada le sucedió que mereciese los honores de una postal: ni conocía El Louvre, ni tuvo ocasión de ir al bosque de Bolonia, ni de visitar ninguno de los pintorescos cafés de Clichy: ni siquiera había vuelto a ver el Sena, después de la mañana en que lo cruzó por el puente Royal. Ni paseos, ni amigos, ni mujercitas de una noche, ¡nada!... Y, sin embargo, don Higinio estaba contento y los días escapábansele sin sentir, cual si el aire de la ciudad babélica bastase a ahitarle de satisfacción y ufanía.
Los primeros días, después de almorzar, acompañado de Francisco, el intérprete del hotel —un piamontés que aprendió el español en Cádiz—, recorrió los «grandes bulevares», desde la iglesia de la Magdalena a la plaza de la República: y el fragoroso trepidar de coches, automóviles y tranvías, la diligencia y abigarramiento de aquella multitud cosmopolita que congestionaba las aceras y la terrasse de los cafés; la sucesión de escaparates, todos lujosos; la profusión infinita de luces; el vaivén perenne de mujeres alquiladoras de amor, lindas, elegantes, con fragilidades de porcelana y párpados de color violeta, que pasaban mostrando bajo la fimbria de sus vestidos la retadora tentación de unas medias caladas; la frescura del ambiente otoñal, el ejercicio..., todo coadyuvaba a rendir la flaca musculatura y el ánimo sedentario y roncero de don Higinio de manera tal, que a cada momento sentíase obligado a comer algo. Su acompañante, que ya era viejo y tenía la nariz colorada, singularmente por las noches, pedía ajenjo y hablaba del Piamonte; don Higinio bebía cerveza y procuraba explicar a su interlocutor las amenidades del paisaje manchego: una tierra puede ser muy rara, interesante y merecedora de estudio, aunque no se parezca a Suiza. Al cuarto o quinto bock, el audaz viajero empezaba a marearse, y este ligerísimo aturdimiento exaltaba su natural bondadoso:
—Si alguna vez la suerte le llevase a Serranillas —decía—, no le faltaría a usted nada.
Francisco arqueaba las cejas, levantaba los hombros: un gesto de aventurero que ignora adónde las andanzas de la vida pueden llevarle.