—¡Quién sabe! —respondía—, a mí me gusta tener amigos en todas partes. ¿Comprende?... ¡Amigos!... ¡No enemigos!...

Mojaba sus bigotes de antiguo sargento en la fatalidad verde de su ajenjo, y entornando los ojos sobre la rubicundez de su nariz, repetía:

—¡Amigos, nada más que amigos!...

Y don Higinio:

—Yo, antes de volver a España, le dejaré mis señas.

—Bien, muy bien; nadie sabe... ¿verdad?... Nadie sabe... Yo no tengo familia... ¿Me comprende?... No tengo familia, y eso del hotel... ¡Bah!... Cualquier día... ¿eh?... Nadie sabe. ¿Me comprende?... Eso es. ¡Amigos, nada más que amigos!...

El pobre diablo, con tres o cuatro ajenjos se emborrachaba; pero esto, lejos de ofender a Perea, le complacía. ¡Cómo disfrutaba y qué raros tipos iba conociendo! Al noble manchego le encantaba cuanto, según su sencillo criterio, tenía algo de snob, y la idea de hallarse con un italiano, que acaso fuera un asesino, bebiendo cerveza y ajenjo en la terrasse de un café de París, parecíale una nota aguda de cosmopolitismo. ¡Si lo supiesen en Serranillas, donde todo parecía mal!...

Ya de regreso al hotel, como don Higinio se dispusiera a meterse en el ascensor para subir a su cuarto, Francisco, familiarmente, le daba la mano. Luego, en voz baja:

—Si alguna vez necesitase usted una mujercita, no tenga reparo en decírmelo, ¿comprende?... No tenga reparo. ¡Cuerpo de la Madona!... ¡Yo conozco París!...

En días sucesivos, Perea se decidió a salir solo. Sabía que siguiendo la calle Bleue llegaba a la de La Fayette y luego a la de Laffitte, que le conducía al bulevar de los Italianos. Después aprendió otro camino más sencillo y no menos animado: por la calle Faubourg Poissonnière al bulevar del mismo nombre. De aquella vía magnífica, llena de movimiento, de tentaciones y de luces, y echada, como resplandeciente collar, sobre el plano de París, no se atrevía a pasar: juzgaba imposible nada más hermoso, más cegador y desbordante de riqueza y de vida. ¡Luego, el miedo a «los apaches»!...