Así, la tarde en que sin otro valedor que su bastón de estoque decidiose a ir por el bulevar Sebastopol hacia el río, y vio desde la plaza Châtelet grisear las torres de Nuestra Señora sobre la melancolía de una tarde brumosa, húmeda y alegre, genuinamente parisina, su júbilo fue tan intenso como grande la cobarde inquietud que padeciera hasta llegar allí. Poco a poco, según sus arrestos aumentaban, su voluntad se desentumecía y resolvíase a trasponer mayores distancias, y de este modo, de vuelta al hotel, podía afectar a los ojos del intérprete el aire importante de un hombre que ha caminado mucho y tiene negocios. Las indicaciones de un plano que adquirió por tres francos le orientaban eficazmente. El alma bruja de la ciudad iba aproximándose a su alma tímida y seduciéndola. Una mañana se metió en el metropolitano y fue a parar al Arco de Triunfo; por la noche estuvo en Folies-Bergère; al día siguiente un ómnibus y un tranvía de vapor le llevaron al Bosque...

Generalmente, don Higinio, fiel a la saludable rusticidad de sus costumbres, despertábase temprano, pero nunca se levantaba antes de las diez. Eran aquellos momentos de exquisito sosiego interior: nada apetecía; ni recuerdos ni deseos removían su conciencia... ¡Todo igual en la mansa planicie de las horas que fueron y de las horas que iban llegando!... Desde su lecho inspeccionaba cómodamente su habitación: la ventana abierta sobre un patio, el tocador con espejo y piedra de mármol, el armario de luna, aquella mesita, cubierta por un tapete rojo, donde él escribía con su letra igual y segura las cuatro o cinco postales que cotidianamente enviaba a Serranillas; la alfombra un poco raída; las sillas de yute azul y ovalado respaldo, y en un ángulo su baúl resplandeciente y policromo, la sombrerera, el portamantas, el maletín, todos los buenos objetos familiares que le acompañaron en aquel arriscado éxodo y le hablaban de su pacífico vivir manchego.

Fumando cigarrillos y emperezado en la dulce tibieza de las colchas, dejaba Perea transcurrir el tiempo. Como antes el fastidio, era el pecado, la tentación de un adulterio, lo que al presente le enardecía y conturbaba. Nunca había burlado a doña Emilia; por costumbre, por miedo a recibir algún peligroso contagio o acaso, sencillamente, por falta de ocasión, no lo hizo: fue una de esas fidelidades sin sacrificio que las mujeres no agradecen. Mas ahora su ociosidad, su prolongada continencia, la callejera exhibición de tantas voluptuosidades cotizables, y, sobre todo, el ambiente de París —ambiente de alcoba— embriagador y amoral como un vaso de jerez añejo, habíanle transfigurado. El lascivo capricho le alucinaba. Empezó a comprender el tormento de los ascetas solicitados por el diablo. ¡Ah, la musitadora, ladina, invencible Tentación!... Muchas veces permaneció inmóvil; los ojos clavados en un rincón del dormitorio, como si la mujer, sin nombre ni perfil todavía, estuviese acurrucada allí.

Luego, de un brinco se incorporaba, sujetábase los calzoncillos de punto, color tabaco, sobre la redondez del abdomen, se calzaba unas zapatillas de paño y abría la puerta. Allí estaban sus botas, ya limpias, y dentro de ellas las cartas que hubiese traído el correo. Don Higinio las leía de pie, un poco trémulo. ¡Oh! Aquellas cartas venidas de España y sobre cuyo sello leía el nombre de Serranillas estampado, tal vez, por el mismo Gutiérrez, atizaban en su corazón el sentimiento de la patria. Pero inmediatamente se tranquilizaba: las noticias eran buenas; nada desagradable había ocurrido; doña Emilia le enviaba muchos besos y le recomendaba abrigarse bien para salir a la calle; Teresita, en una postdata, le recordaba el corsé para doña Lucía; Julio Cenén le hablaba de su pitillera, y don Gregorio de dos excelentes galgos que había comprado... Mirando hacia adentro, Perea recomponía toda la vida material y moral de su pueblo, inmóvil, monótono, como fosilizado, y sentía el horror de volver a él. ¡Bah, pero sí volvería!... El pasado es una terrible cadena que llevamos al pie, y el honrado manchego sentía que, de cuantas esclavitudes oprimen al hombre, ninguna tan fuerte como el recuerdo de las personas que, habiéndole sido siempre fieles, le quieren y le aguardan.

El comedor del hotel de los Alpes era espacioso, con techo de esmerilados cristales por donde descendía una claridad lechosa que armonizaba agradablemente con el fondo oscuro de la alfombra, la luminosidad joyante de la vajilla y la impecable blancura de los manteles. Don Higinio almorzaba a las doce en punto: a esa hora había poca concurrencia y los camareros servían mejor. Invariablemente ocupaba una mesita situada cerca de un balcón, desde donde oteaba la animada confluencia de las calles Bleue y Trévise. Cerca de él comía un joven inglés, rico y artista, míster Grand, que, según informes del intérprete, había ido a estudiar la pintura a París.

—Pero es un loco —decía Francisco, envidiándole— y no hará nada; creo que en un mes no ha dormido aquí tres noches...

Más allá se instalaba un matrimonio. La mujer, bonita, elegante, muy nerviosa, muy pálida, con largos ojos brillantes y negros, parecía italiana. Él era un gigante holandés, rubio, enorme y rosado como un recién nacido. Tenía barba, unas tupidas y ondulantes barbazas patriarcales que casi le llegaban a la cintura, y tras los cristales de unos lentes de oro sus pupilas azules miraban con serenidad bovina. Comía mucho, y como estaba un poco cargado de hombros, aquella curvatura de su espina dorsal le daba una expresión repugnante de sensualidad y glotonería. ¿Cómo pudo casarse una mujercita tan agradable y menuda como aquella con un animal así?...

A falta de otras ocupaciones, entre plato y plato, don Higinio se dedicó a aborrecer, con todo el vigor de su sangre manchega, al holandés. Su odio parecía el presentimiento de algo malo. ¿De dónde habría salido tamaño virote?... Le molestaban su modo violento de partir el pan, de reír, de llevarse a los gruesos labios su copa de cerveza. Don Higinio sentía deseos de pegarle, y como su imaginación meridional se excandecía y descarrilaba fácilmente, fantaseaba que sostenía allí mismo con el holandés un «cuerpo a cuerpo» desesperado y caballeresco: él se abalanzaba sobre su enemigo, y, derribándole al suelo, le asestaba con su cuchillo de postre varios golpes mortales; luego se incorporaba trágico y galante, y entrecogiendo a la italiana por el talle huía con ella...

El origen de este aborrecimiento debía de referirse a la saludable ecuanimidad y ordenación que el más ligero examen advertía en todos los ademanes y pormenores del gigante. Aquel hombre vestía bien, era correcto, tranquilo, hercúleo: tenía la fuerza de sus músculos y la fuerza de su previsión. Perea le observaba y no sorprendió en él ni un guiño nervioso al hablar, ni un movimiento que denotase contrariedad u olvido de algo. El holandés tenía «de todo», hasta lentes y barba, y todo sabía usarlo oportunamente: si llovía mucho, se presentaba en el comedor con impermeable, chanclos y polainas de cuero; si el tiempo era variable, traía paraguas. Por las noches, para ir al teatro, se endosaba un magnífico gabán de pieles; de día se abrigaba con una bufanda y un gabán inglés a cuadros verdes y grises. No alardeaba de elegante, pero poseía varios trajes de mañana, frac, smoking y un «completo» de luto para asistir a los entierros. También advirtió don Higinio cómo su compañero de hotel, siempre que mudaba de ropa, lo hacía de guantes, de calcetines, de corbata y de bastón; que fumaba unas veces en pipa y otras cigarros habanos, y cambiaba con frecuencia las sortijas que lucían sobre los dedos índice y meñique de su mano izquierda. A Perea, tan reglamentado por costumbre y por herencia, le irritaba, sin embargo, el ritmo cronométrico de aquel extranjero, rubio y carnoso, que todo parecía llevarlo previsto y en cuya existencia, por lo mismo, no podría haber nunca una exclamación de sorpresa. Además, le odiaba porque era alto. Nada, ni siquiera la figura de Napoleón, alivia en los hombres pequeños el dolor de no haber crecido. Las mujeres, obligadas a optar entre un enano y un gigante, preferirán siempre al segundo; para ellas, devotas de la forma, David no ha matado a Goliat. La estatura sobrada implica una idea de imperio. Los hombres altos son bellos, imponentes, decorativos; en el teatro, y lo mismo sucede en la vida, el público no acepta los éxitos amorosos de un galán chiquitín; la voz que viene de arriba es más convincente, más autoritaria; los comediantes de Atenas y de Roma calzaban coturno; el mismo Jehová, lo primero que hizo para ser respetado fue subirse al Sinaí...

Finaba noviembre y Perea ni pensaba volver a su pueblo, ni se curaba de cumplir los encargos a su honrada voluntad y diligencia encomendados. Las primeras semanas las empleó en curiosear, recorrer calles, conocer cafés, asomarse a los teatros y recordar algo de aquellos dos cursos de francés que aprobó de muchacho en el Instituto de Ciudad Real. Después sufrió un catarro, acompañado de calentura, que le obligó a encamarse y buscar un médico. Don Higinio aceptó impertérrito esta malandanza, y, sin quejarse, se purgó y sudó cuanto fue necesario. La idea constante, reparadora, vagamente novelesca «de hallarse en París», le efervorizaba y bastaba a su contento. Nada hacía y para todo, sin embargo, le faltaba tiempo; hasta se descuidaba en escribir a Serranillas, a pesar de cuanto su mujer rabiaba y se dolía de aquellos silencios. Era un nirvana inexpresable y delicioso, un quietismo interior alquitarado, fragante, que guardaba un rumor de faldas, un exquisito deseo de aventura. Aunque hubiese entrado en París, según el decir gráfico del vulgo, París no había entrado en él: era demasiado grande para encerrado en una síntesis rápida; no lo paladeaba cómodamente, sus emociones se desordenaban. Y cual los días, se le iba el dinero: de las diez mil pesetas que sacó de su pueblo, llevaba gastadas cerca de la mitad. ¿En qué?... Don Higinio arqueaba sus cejas peludas; no lo sabía; que no le preguntasen nada: había en todo ello algo fantasmagórico, un emborronamiento de su personalidad, de sus antiguos hábitos previsores y rígidos; una amable inconsciencia bohemia y sedante que le hacía feliz.