Convaleciente todavía de su catarro, don Higinio Perea salió a la calle, y por las de La Fayette y Laffitte, llegó al bulevar. Iba bien abrigado, y el sol, ese buen sol de París que siembra las aceras de risas de mujer, se dejaba sentir sobre los hombros. Perea entró en un café, pidió un aperitivo y leyó en Le Journal un cuento galante. Le Matin no lo compraba casi nunca; lo aborrecía; le recordaba su desabrida aventura del tren. A mediodía emprendió el regreso al hotel de los Alpes. Para distraerse improvisó un nuevo camino por la calle Drouot. En la Grange Batelière, delante del pasaje Jouffroy, una vieja vestida de negro y que llevaba sobre la blancura de sus cabellos una capota de terciopelo violeta, adornada por un manojo de guindas, le abordó misteriosa.

—¿El señor es extranjero?

Don Higinio comprendió.

—Sí, señora; extranjero, español...

Lo dijo en un francés abominable, lentamente y adelantando mucho los labios, como los niños cuando empiezan a hablar. Su interlocutora, sin embargo, le entendió:

—Celebro que sea usted extranjero, porque así me costará menos vergüenza explicarme. Soy viuda y vivo en la mayor miseria. ¡Ah! ¡Si supiese usted cuánto he sufrido antes de llegar a esta situación extrema!... En los obradores el trabajo de la mujer se paga muy mal; puede usted creerme, señor: desde ayer no he comido...

Los hombros cuadrados de Perea, que se había detenido a escuchar, tuvieron un expresivo alzamiento de disgusto y desdén. ¿Y para eso le molestaban?... Chapurró una disculpa y trató de seguir adelante. Pero la anciana, caminando a su lado, insistía:

—Señor..., usted es un caballero distinguido..., un caballero de corazón...

—No llevo calderilla.

—Un sacrificio, señor...; un pequeño sacrificio. Si no lo hace por mí, hágalo por mis niñas. Tengo dos hijas, señor, una de dieciséis años, otra de dieciocho..., bonitas como amores..., a quienes usted podría proteger...