Involuntariamente don Higinio acortó el paso y su rostro, un momento enfoscado, empezó a iluminarse. Su pestorejo lucio, sensual, martirizado por la castidad, entre las sílabas de aquellas palabras mal traducidas había sentido reír a la serpiente. La mendiga, trémula de emoción, los azules ojuelos brillantes de codicia, prosiguió:
—¡Si las viese usted!... La más pequeña, especialmente, tiene un cuerpo precioso. Yo quiero que usted las conozca, señor. ¡Son tan buenas!... Usted podría ser la salvación de ambas...
Y como él callase, atragantándose con lo que quería y no acertaba a decir, la vieja añadió:
—Yo, le soy a usted franca: las quiero muchísimo, ¡son mis hijas!... Pero si han de perderse, como fatalmente ocurrirá, me alegraría de que tuviesen un protector como usted; un hombre así, de mundo..., porque los hombres corridos son los que mejor juzgan del mérito de las mujeres...
Sofocado por la emoción, don Higinio preguntó:
—¿Dónde podría conocerlas?
—En mi casa. Yo vivo en la calle de Feydeau... ¿comprende usted? Cerca de la Bolsa...
—No recuerdo.
—¿Cómo? ¡Sí!... Al otro lado del bulevar... Calle Feydeau, número nueve, piso cuarto, puerta número dos. Madame Berta...
Don Higinio sacó un lápiz, y como no llevase cartera ni hoja ninguna de papel blanco, ofreció a su interlocutora el puño izquierdo de su camisa.