—Escriba usted misma las señas; es mejor.
Hízolo así la vieja; luego...
—¿Cuándo irá usted a vernos?
Perea consultó su estómago: tenía hambre y a los lances de amor conviene ir bien comido, pues de la generosa alimentación de la carne nacen casi siempre el optimismo y mejor talante del espíritu.
—¿A las seis, por ejemplo?
—Perfectamente, sí, señor; a las seis, porque hasta esa hora las niñas trabajan en un taller de lamparillas eléctricas.
—¿Ganan mucho?
—Un franco entre las dos.
Y, agregó:
—Señor... ¿Puede usted socorrerme con algo?... Vea usted la hora que es; aún he de llevarlas el almuerzo al obrador y no tengo un céntimo.