Lentamente don Higinio se desabotonó el gabán; llevose una mano al chaleco. Reflexionaba. Si realmente se proponía acometer la seducción de ambas hermanitas, ¿por qué prevenirlas en contra suya mostrándose en aquella ocasión remiso y cicatero?... ¿Acaso las primeras impresiones no fueron siempre las mejores?... Con parsimonia y disimulo, llenos de nobleza, Perea deslizó en la rugosa mano de aquella madre, modelo de alcahuetas, una moneda de diez francos.

—Tome usted y hasta la tarde. ¿Buhardilla número dos, verdad?... Madame Berta...

—Eso es, caballero; muchas gracias...; eso es...; adiós, adiós...

Y ágil, feliz, bajo la estridencia grotesca que ponían sobre sus cabellos blancos las guindas de su gorro violeta, la vieja desapareció en el pasaje Jouffroy.

Don Higinio almorzó opíparamente. Estaba contento, y su regocijo producíale una hiperestesia y alegría estomacal indecibles. De la sopa, que era de cangrejos, se sirvió dos platos, y la fuente de empanadillas que le trajeron la retiró el camarero vacía; también en las perdices su desbocado apetito causó gran destrozo. Como siempre, el holandés y su mujer comían algunas mesas más allá; pero don Higinio apenas les miró: fue la primera vez que el hombre de las manos y de los pies colosales no le sugería ideas de exterminio.

Completamente absorto ante su taza de café, un poco congestionado por la digestión y el curso voluptuoso de sus ideas, don Higinio miraba danzar en el espacio perspectivas de harén. ¿Cómo serían sus futuras amigas? La imagen de la francesita que conoció en el ferrocarril volvía a su memoria. Se parecerían a ella: la carne nacarina, el pelo rubio y corto... Veíase subiendo las escaleras de la casa donde la tentación le dio cita, acariciando paternal las mejillas rosadas de dos criaturas a la vez vibrantes de pecaminosas curiosidades y de rubor, sentándolas sobre sus rodillas, besándolas con sabio detenimiento y explicándolas luego, en fin, con regaladas pausas, todos los capítulos del Misterio Goloso; y más tarde, recorriendo con ellas los alrededores de París: excursiones a Versalles, partiditas de pesca a orillas del Sena, almuerzos faunescos en los bosques centenarios de Saint-Cloud... Después, cuando tuviese que regresar a su pueblo, si continuaban siendo buenas y juiciosas, las llevaría a España, y en Ciudad Real buscaría un lugar reservado, una especie de Elíseo manchego, adonde ir a verlas sin escándalo dos veces por semana. De madame Berta no se cuidaba; ¡vieja ridícula!... A sus hijas, en cambio, había que llevárselas y para siempre. El pensamiento de don Higinio no pasaba de allí; ¿ni para qué más?... ¡Ser amante de dos hermanas y tenerlas reunidas bajo el mismo techo, enamoradas de él, alegres, sin celos, dedicadas a la tarea de inventar constantemente para su mayor distracción y halago caricias nuevas! ¿No sería esta la aventura inaudita que su ardiente corazón presintió oculta entre los billetes de Banco que le trajo la lotería?...

Como no pudiera estarse quieto, y según el tiempo transcurría la comezón de sus nervios se agravase, salió a la calle, y por la de Richelieu, de un tirón, llegó al Sena. Una reñida batalla de añejas costumbres y de ideas amorales, nuevas en él, trastornaban su espíritu. A ratos parecíale hallarse asomado a un pozo hondísimo. El hombre que pudiendo robar una fortuna no lo hizo, acreditó su honradez; como demostró su caballerosidad quien respetó y volvió a su deber y honestidad a la doncella que inocentemente se le ofreciera; como probado dejaron su valor los que no temblaron habiéndose hallado en peligro y congoja de muerte. Pero quien no conoció ninguno de estos arriscados trances, ¿qué sabrá de sí mismo?... Esto sucedíale a él, lugareño y pazguato, que apenas se vio expuesto a las tentaciones sirenas del mundo empezó a temblar y a embarullarse como un adolescente. La evidente posibilidad en que estaba de burlar a su mujer con las hijas de madame Berta le parecía algo gravísimo, y considerando que sus futuras amantes eran hermanas y casi niñas aún, su delito crecía, convirtiéndose en caso monstruoso de incesto y bigamia. Pero luego su conciencia se tranquilizaba, que para servir a su egoísmo en todo halló la razón casuística del hombre motivo y disculpa. Hay afectos superficiales que, como la calderilla, pueden llevarse sin riesgo, a la vista de la muchedumbre, pues si alguien los codicia y se apodera de ellos no nos infiere daño mayor; y otros, en cambio, los grandes, los sagrados, los vinculados a las raíces más hondas de nuestro árbol sentimental, que deben ocultarse como tesoros y no son susceptibles de ser cambiados en cualquiera parte. Cuerdamente don Higinio reflexionó que su amor a doña Emilia pertenecía a los últimos, con lo que bien determinadas las lindes de su jardín interior, convencido de que el áspero capricho que lleva a la mancebía no ofende a la esposa, y, por lo mismo, que su hogar de Serranillas no se oponía a que las hijas de madame Berta tuviesen un hotelito en Ciudad Real, pudo desechar toda puritana y entristecedora laya de escrúpulos y abandonarse plenamente al regocijo que su mucha ventura le deparaba.

Seguro de sí mismo, los puños apretados, la barbilla recogida, el paso corto, la mirada brillante, a las seis en punto don Higinio Perea se detenía frente al número nueve de la calle Feydeau. Consultó lo escrito en el puño de su camisa para cerciorarse: era allí. El zaguán, de modesta apariencia, olía a humedad. Al fondo, tras una puerta de cristales, estaba la escalera. Entretenido con sus verdes deseos, el galán pasaba de largo ante la portería, cuando una voz femenina le interpeló:

—Caballero, ¿dónde va usted?

—Al piso cuarto, madame Berta...