—¿Madame Berta?...

La mujer frunció las cejas; sus labios tuvieron una mueca hostil.

—No conozco a esa señora. ¿Ve usted, si no le hubiese llamado? Se debe preguntar siempre en las porterías. Aquí no vive ninguna madame Berta.

Humilde, conciliador, comprendiendo que en aventuras del jaez de la que allí le llevaba las porteras ejercen siempre cierta tercería, el galán puso entre las manos enmitonadas de su interlocutora una moneda de dos francos. Después, sonriente, seguro de que la buena mujer iba a recordar en seguida:

—Es una señora de luto, una señora viuda...

Un vago ruborcillo le impedía decir más. La portera, sin demostrar agradecimiento, se había guardado los dos francos en un bolsillo de su delantal. Bajo su cofia blanca, muy encañonada y limpia, su rostro huraño repitió lentamente, con lentitud llena de convicción, un movimiento negativo. Perea sintió una ola de sangre subir a su garganta; un presentimiento horrible acababa de traspasarle las sienes; lo declararía todo...

—Es una señora pobre, que tiene dos hijas jovencitas, la menor de dieciséis años, la otra de dieciocho, trabajan en un obrador de lamparillas eléctricas...

—Vamos, sí, ya... Comprendo lo que venía usted buscando... Pues, no es aquí; le han mentido a usted...

Poniendo al servicio de su causa cuanto sabía de francés, y con el fanatismo del hombre que defiende su felicidad —toda su felicidad— don Higinio repuso:

—¡No es posible!... A madame Berta yo la conozco mucho. Una señora... con una capota color violeta y unas guindas... Vea usted; ella misma escribió estas señas: número nueve, calle Feydeau, piso cuarto, puerta número dos...