Y mostraba el puño donde la mendiga dejó una dirección imaginaria. La portera se echó a reír.
—Caballero, no se canse; le han engañado a usted, y juraría que usted no conoce a la señora que ha escrito eso. Yo se lo aseguro: le han engañado a usted.
Don Higinio no insistió más y salió a la calle; iba tan aturrullado, tan avergonzado de sí mismo, que ni siquiera se atrevía a reflexionar en la candorosa ridiculez de cuanto acababa de sucederle. ¡Era un mentecato, un redomado papamoscas, que no debió salir jamás de su pueblo! ¿Tendría él cara de tonto?... Primero, la bofetada en el tren; ahora, madame Berta. ¡La vieja, la maldita pécora! ¡Y cómo se habrían regodeado ella y las bigardonas de sus hijas con el medio luis que le estafaron! Pues, ¿y la portera?... ¿Y los dos francos que la dio neciamente para que, al cabo, se burlase de él?... La violencia de sus rencores aceleraba su andar y le encendía las orejas; iba que volaba. Cruzó el bulevar de los Italianos y siguió por la calle Drouot, hacia su casa. Todas las imágenes de voluptuosidad que en el transcurso de aquella tarde le emocionaron, habíanse convertido en brasas inextinguibles de odio. Llegó a detestar la calle Feydeau y hasta el nombre de Feydeau. ¡Oh! ¡Jamás leería una novela de ese autor! Su corazón ardía; era un incendio horrísono alimentado por todos los escombros del hotelito que en Ciudad Real había soñado para las niñas de madame Berta...
Al verle llegar tan congestionado, Francisco creyose en la obligación de preguntarle si había tenido algún disgusto.
—No, nada —repuso evasivamente.
—Entonces, es el frío.
—Eso es, el frío... Hasta luego.
El reloj del comedor señalaba las siete y media. Perea ocupó su mesa, saludó con una leve inclinación de cabeza al holandés y a su señora, que ya estaban en los postres, y pidió dos huevos pasados por agua. El camarero, ágil y ceremonioso dentro de su frac, como un prestidigitador, interrogó:
—¿Y luego?...
—Nada más.