—¿Se siente usted mal?

—No; pero me falta apetito.

Trasegó un buen vaso de vino para limpiarse la boca, y esto comenzó a restaurarle el humor. Observaba a la italiana, pálida, interesante, más atrayente que otras veces con el traje ceñidísimo, corte sastre, que vestía aquella noche. Ella, a intervalos, distraídamente, acaso por coquetería, le miraba también. Don Higinio, reanimado, ordenó al camarero le trajese una sopa de tortugas y un bistec con patatas. Acabó por olvidar su descalabro y cenar opíparamente. Su espíritu voluble se rehizo. Estaba contento. Realmente merecía, por su mal corazón, la engañifa y burla de que fue objeto. ¡Qué canastos! Porque si él socorrió con medio luis a madame Berta lo hizo pensando más en la bonitura de sus hijas que en su desamparo.

Terminaba de apurar su taza de café y de pedir una copita de coñac cuando llegó el intérprete. En aquel momento el holandés y su mujer dejaban el comedor; míster Grand, el joven inglés aprendiz de pintor, también se había marchado y don Higinio quedaba solo ante la vastedad del salón, tapizado de verde claro, alegre, con sus docenas de mesitas cubiertas de cristalería fina y brillante sobre la albura celosa de los manteles. Francisco abordó a Perea.

—Usted ha concluido de cenar y ahora empezaré yo.

Tenía la nariz acarminada, y bajo los párpados medio cerrados, los ojos azules, bruñidos por el ajenjo, miraban con quietud estúpida. Olía a alcohol.

—¿Se ha divertido usted mucho?

Don Higinio titubeó la cabeza con el ademán vago, indiferente, de un hombre de mundo.

—¡Psch... de todo hubo!...

Hablaron de mujeres. Bruscamente, tras una bulliciosa carcajada, el piamontés exclamó: