—Esta noche, cuando le vi a usted llegar de la calle con las orejas tan encendidas, pensé: «El señor Perea vuelve de pasar la tarde con una señorita». Ahora, dígame si me equivoqué: ¿es verdad o no es verdad?...
Perea echó el cuerpo hacia atrás, contra el respaldo de la silla; su rostro saludable tenía toda la insolencia de la felicidad: la mirada saltarina, el cigarro habano humeando entre el carmín húmedo de los labios, los pulgares de ambas manos metidos en los bolsillos del chaleco, mientras los otros dedos tamborileaban jactanciosos sobre la epicúrea redondez del abdomen...
—Sí —afirmó— es cierto. ¿A qué negarlo?... Aunque uno esté casado, ¿verdad?... puede permitirse ciertas distracciones. Esta mañana, delante del pasaje Jouffroy, una señora se acercó a mí...
Y aplomadamente, desenvolviendo lujos imaginativos dignos de un dramaturgo, explicó una aventura donde lo fantaseado se plasmaba y fundía en lo sucedido, y viceversa. Describió a madame Berta: pequeña, enlutada, con sus cabellos de lino y su gorra violeta. Él había ido a su casa; una buhardillita de la calle Feydeau pobremente amueblada, pero muy limpia, desde cuya única ventana se dominaba un gran trozo de París. Allí conoció a Elisabet y Georgina, las hijas de madame Berta. Las dos eran bonitas, mimosas, perversas... ¡Especialmente la menor, Elisabet: una especie de Salomé, con todas las lubricidades de una pantera en la espalda!... ¡Oh!...
Diciendo así, cerraba los ojos. Francisco le escuchaba boquiabierto, una mueca de lujuria senil en los labios, la roja nariz caída y como echada sobre el bigote.
—Esas aventuras —observó— suelen costar caras: hay mucho souteneur, presidiarios que viven de las mujeres, y pueden darle a usted un susto. No se fíe usted; yo conozco París.
Don Higinio hizo un gesto desdeñoso y se puso de pie. Miró a su alrededor. Nadie. El comedor desierto. Entonces sacó un cuchillo de hoja triangular y mango negro que llevaba colocado atrás, sobre los riñones; cuchillo de carnicero que cuando fue con don Gregorio Hernández a cobrar las cien mil pesetas de la lotería mercó en Ciudad Real por nueve reales.
—Mientras me acompañe —exclamó— necesito dos hombres para reñir conmigo.
Hecha esta declaración heroica subió a su cuarto. Eran las diez, y las alborotadas emociones de aquel día le habían zarandeado y molido de manera que hasta los huesos le dolían. Comenzó a desnudarse y según iba quitándose las ropas las colocaba sobre el respaldo de las sillas, según doña Emilia le enseñó a hacer, para que no se arrugasen. Al pasar cerca de la ventana miró casualmente hacia afuera y vio en el piso inferior, y al otro lado del patio, negro, profundo como un derriscadero, el rectángulo lleno de blanca claridad de una ventana. Era la del dormitorio del holandés. Unos momentos don Higinio permaneció tan suspenso y pasmado, que hasta la marcha de la sangre debió de retardarse en su impresionable corazón; pero reaccionando en seguida mató la luz, merced a lo cual las imágenes que sucesivamente iban dibujándose en la ventana iluminada redoblaron su intensidad y limpieza.
El matrimonio no se acordó de cerrar las persianas, y su intimidad se devanaba a la vista del público. Eran cuadros ridículos, grotescos, voluptuosos, que el arte bufón de Téniers hubiera querido pintar. El holandés, en calzoncillos, sentado sobre una sillita baja, se lavaba los pies: don Higinio veía sus pantorrillas, blancas y fuertes, dignas de un titán de mármol; su cabeza rubia, sus lomos poderosos, doblados trabajosamente hacia adelante. Ella, la italiana,, había comenzado a desnudarse cerca del lecho. Para verla mejor, don Higinio necesitó ponerse de rodillas. Agazapado como un tigre, vibrante de curiosidad, aguijoneado por deseos lascivos que, cual alfileres, asaeteaban su carne, Perea miraba aplastándose la nariz contra el cristal de la ventana. El espectáculo lo merecía. La joven se quitó su blusa; se desembarazó de la falda; manojos de encajes finísimos, como fabricados con hilos de venusinas espumas, orlaban sus brazos y su espalda y se ceñían a sus rodillas; a intervalos volvíase hacia su marido, como hablando con él. Ambas rodillas apoyadas contra un borde del lecho, el busto arqueado hacia atrás, la italiana se alzó la camisa y sus manos enjoyadas —aquellas manecitas que Perea vio ir y venir tantas veces, allá en el comedor, desde la fuente de los entremeses a la botella del vino— comenzaron a sobar lentamente la suavidad mate de las caderas, donde las cintas crueles del corsé habían dejado una red de huellas bermejas. Era una linda escultura: ancha de hombros, breve de talle, redonda de caderas...