Hubo una pausa; la interesante película parecía detenerse allí. Repentinamente la italiana, obedeciendo quizás a una indicación tardía del holandés, apagó la luz y el dormitorio se anegó en tinieblas; fue como un párpado que cayese sobre el cristal de una linterna mágica. Don Higinio dejó su atalaya y suspirando, entelerido de frío, presa de indecible pesadumbre, se metió en la cama; y apenas lo hizo, de cara a la pared, quedose dormido: la tristeza le había servido de narcótico.
En días sucesivos, como arrepentido de las calaveradas que quisiera cometer, don Higinio empezó a observar una conducta prudente, perfectamente reglamentada: paseaba lo necesario a su salud, visitaba los museos y se recogía temprano. El intérprete, a pesar de su constante embriaguez, advirtió aquel cambio de costumbres.
—Hace usted bien —decía—, París es terrible. ¡Ah, estas mujeres!... ¡Muy difícil hallar una buena, muy difícil!... Nos engañan, nos dejan sin dinero... y luego... ni nos conocen. ¡Perras!... Debe hacerse lo que usted: de cuando en cuando... y... ¡abur!... Yo conozco París, señor Perea; yo conozco París. Se lo dice a usted un piamontés que ha visto mucho mundo: aquí el hombre que no sabe reservarse dura poco. Al principio la conducta de usted no me gustaba. Yo le observaba, ¿sabe usted?... ¡Oh, ya lo creo! Yo le observaba y me decía: «Este señor va al precipicio de cabeza; no se contiene; París es una serpiente y la serpiente le ha mordido...». Me equivoqué; usted, señor Perea, entiende la vida.
Estos diálogos rápidos se devanaban en el zaguán del hotel de los Alpes, sobre cuyas paredes campeaban grandes carteles policromos, anunciadores de Compañías navieras y de viajes económicos a Italia y a Suiza. Don Higinio escuchaba a Francisco y sonreía, prestando así su asentimiento a las galantes suposiciones del intérprete; este inocente embuste lisonjeaba su amor propio y le consolaba de ser tan simple. Luego, metido en el ascensor, camino de su habitación, a solas ya con su conciencia, comprendía que era un lugareño desmañado, pacato y oscuro, y que estaba en ridículo.
Francamente, no comprendía en qué pueden malrotar su patrimonio y el de su mujer los grandes calaveras. ¿Juegan? ¿Tienen queridas? ¿Adoran los viajes, los muebles ricos y demás opulencias del buen vivir?... Misterio. ¿Cómo en la brevedad de una vida y en la flaqueza de un cuerpo pueden caber las horas necesarias para derretir tantos millones?... Lo ignoraba. No era roñoso, y, sin embargo, no gastaba mucho dinero. ¿Cómo se emplea el dinero? Tampoco lo sabía. El dinero, por lo visto, se gasta casi con el mismo trabajo con que se gana; es un brujo que primero no quiere venir y luego no hay manera de separarle de nosotros. Para esto, tal vez, es indispensable tener amistades, frecuentar Casinos... Pero, ¿cómo adquirir relaciones? ¿Cómo acercarse a los obradores donde el amor es alegre y barato, o a las heteras célebres cuyas noches deshacen familias y fortunas?... El primer movimiento de las ciudades es hostil, hermético; rechazan al forastero y hay que vencerlas, como a las personas. Don Higinio ignoraba esa labor de conquista; sin embargo, no se hubiese cambiado por nadie.
Fiel a su afición más arraigada había comprado una caña de pescar, y muchas mañanas iba a sentarse bajo el puente de las Artes. Sigilosamente el pasado le envolvía, le recobraba; parecíale hallarse en Serranillas y viendo el Sena se acordaba del Guadamil; como otras veces, mirando en el bulevar las rotativas de Le Matin, se acordaba de El Faro. Por las tardes visitaba los grandes almacenes: Louvre, Bon-Marché, Samaritana..., y hoy compraba el corsé de doña Lucía, mañana la pitillera para Julio Cenén, o una torre Eiffel para adornar la mesa de don Cándido...
Únicamente las cartas de su mujer le molestaban, aunque de soslayo acariciasen su vanidad. Doña Emilia estaba celosa; no comprendía que su marido emplease tanto tiempo en conocer París, y le suponía enamoriscado de alguna francesa. La imaginación de las damas recogidas y caseras marcha muy de prisa.
«Me han dicho —escribía— que esas mujeres enloquecen a los hombres. ¿Es verdad?... ¡Cuídate, por Dios! Tú eres bueno, pero las malas compañías tiran mucho. Higinio: no quiero pensar que puedas olvidarte de tus hijos y de mí. ¿Cuándo vienes? La sola idea de verte llegar enfermo me saca de juicio».
A esta carta, que traslucía el espíritu altanero, dominador y vehemente de la antigua rica hembra, contestó Perea con otra muy afectuosa y razonada, donde hablaba de los muchos días que su catarro le impidió salir a la calle, y de aquella discreta parsimonia que la adquisición de los objetos, algunos de valor, que sus amigos le encargaron, requería. Mintió un poco.
«Por tu abrigo de pieles me han pedido cinco mil francos en una peletería del bulevar; yo me quedé aterrado; pero me aseguran que en cierto almacén, cuyo nombre ahora no recuerdo, lo hallaré tan bueno y más barato. También debo ocuparme de la pianola que nuestro amigo Arribas desea; para comprarla sin exponerme a ser engañado necesito que alguien me guíe y aconseje. Todo esto exige paseos, relaciones y tiempo, mucho tiempo; en Serranillas no podéis formaros idea del tiempo que se pierde en estas ciudades enormes. Además necesito dinero; con el que traje no tengo para nada; aquí todo es carísimo. Mándame, pues, a vuelta de correo, cinco mil pesetas...».