La respuesta de doña Emilia tardó en llegar; venía acompañada de un cheque contra el Crédit Lyonnais por valor de mil duros, moneda española; y era una misiva breve, seca, llena de sombras. Decía la esposa:
«Me apresuro a enviarte la suma que necesitas. Ojalá no sea para tu mal. ¿Nos reuniremos pronto? No lo sé. Parece que un siglo ha pasado desde que te fuiste. Nuestros hijos me preguntan por ti: te echan mucho de menos. ¡Si vieras qué alta está la niña!...».
Perea se indignó; era una carta imbécil: su mujer hablaba de su ausencia de dos meses como de un destierro de varios años. En el mismo error tropezaban sus amigos: todos le suponían divirtiéndose, interviniendo en lances de magia y cinematógrafo, atropellando «estrellas» de café-concierto y despilfarrando con española bizarría los billetes de Banco. ¡Idiotas! ¡Creían a París un poco mayor que Ciudad Real!... ¡Si ellos supiesen su desventura del tren, la engañifa de madame Berta y el estado de monástica abstención en que vivía!... Don Higinio apretó los puños. Luego, con aquella admirable facilidad que su alma voluble tenía para pasar de la cólera al desdén y a la risa, se encogió de hombros. En la pobre vida humana todo a la vez es grotesco y trágico; solamente las apariencias varían; tan pronto el drama se viste el traje de Arlequín, como lo bufo, lo insignificante, «lo de todos los días», se emboza en la capa de Cyrano y tiene, como Romeo, una escala y una cita.
En este último caso se hallaba don Higinio. Había de volver a su pueblo casto como un San Luis Gonzaga y llevando intactos sobre los labios los besos que doña Emilia le diera al despedirle, y todos, sin embargo, descubrirían en su rostro la honda fatiga, ruina y acabamiento de las orgías gozadas. Y aún podía disculparse que sus conterráneos, lugareños y sencillos, opinasen así; lo extraordinario, lo que bañaba a Perea en asombro, era que personas que vivían a su alrededor, el intérprete del hotel, verbigracia, creyesen lo mismo. Es el sino del individuo: hay hombres que tras una larga vida dedicada a darle gusto al diablo llegaron a viejos nimbados de un prestigio inamovible de rectitud, gravedad y melancolía; mientras otros, habiendo luchado y sufrido y llevado acuestas las cruces más penosas, jamás fueron tomados en serio. Nadie les cree: su cortesía sonriente es ligereza, desaprensión, liviandad de costumbres y de conciencia; sus momentos de tristeza, disimulo; su cansancio de trabajo, fatiga de placeres. La muchedumbre, sin saber cómo, clasifica a sus individuos apenas salen de la Universidad y les extiende ejecutorias de las cuales nunca podrán hallarse totalmente libres; y así, por decreto absurdo de la opinión, este será prudente y virtuoso, y aquel, loco y frívolo como un sombrero echado al aire.
¿De dónde proceden esos errores colectivos? ¿Es del modo que el sujeto tiene de mirar, de vestirse, de dar la mano? ¿A tanto alcanzan la gracia de unos guantes de ante o el color de un chaleco? Y, en caso afirmativo, ¿cómo la opinión ajena, que primero es para el sujeto porvenir y horizonte, y luego, por obra renovadora del tiempo, se muda en ayer y cristaliza en la Historia, consigue dar tan hueros cimientos a sus juicios?...
Evidentemente, la multitud, inclinada a encogerse de hombros cuando la invitan a realizar una obra filantrópica, descubre una resuelta simpatía hacia lo calumnioso, y lo acredita el éxito que obtienen las campañas difamatorias de los periódicos: una crónica laudatoria pasa inadvertida, cual si la envidia de todos la circundase de silencio; mientras la gacetilla infamante se repite con complacencia, brinca de boca en boca, se agarra traviesa a todos los oídos, sugiere un eco de villana alegría en todas las almas...
Así se explicaba don Higinio el juicio absurdo que de su condición y tranquilos hábitos iba formándose el público. Al cabo, la idea de parecer desbaratado y calavera no podía enojar seriamente a quien, como él, siempre sintió el fastidio de ser virtuoso, y Perea, que nunca había mentido, siguió mintiendo: unas veces ante el intérprete de su hotel, otras en las cartas que escribía a sus paisanos; misivas ladinas en donde, sin decir nada, dejaba entrever mucho. Se debe aborrecer la calumnia por mala; la calumnia roe, mina, deshace: es el vitriolo del honor; pero, ¿cómo abominar de aquellos inocentes embustes que mientras mejoran a quien los dice regocijan al que los oye y le distraen discretamente?... Diosa Mentira, alma de los salones donde se murmura amablemente, nodriza de poetas, fontana de ensueños perlados, savia de toda cortesía, ¿cómo quiso el divino Platón desterrarte de su República?...
Las cartas de doña Emilia, recordando a don Higinio que en Serranillas estaba el inevitable desenlace de su historia, exacerbaron sus deseos de conocer París; pues son las urbes como las mujeres, que solo interesan fuertemente aquellas adonde llegamos accidentalmente o de paso, y así, ni estudiamos a nuestras esposas ni nos inspira curiosidad la ciudad que habitamos y que errantes de muy lontanos países acaso vengan a visitar.
Viviendo en buenos hoteles el viajero no puede inquirir el alma de la nación donde se halla, porque todas las fondas del mundo, salvo diferencias levísimas, son idénticas. Para acercarse a los «bajos fondos» oscuros y dolorosos de los pueblos, necesario será sentir la tragedia de sus necesidades; conocer íntimamente la importancia o valor de su moneda, saber cuáles son los mercados más baratos y lo que vale un panecillo y una libra de carne, y cuánto carbón dan por diez céntimos; desmenuzar la vida, ver cómo los recursos del hombre se multiplican para resistir a la miseria.
Convencido de ello don Higinio aplicose a explorar los detalles de ese vivir mezquino y arcano. En sus largas excursiones por el barrio Latino, prolongadas muchas veces hasta el Jardín de Plantas, el curioso manchego escrutaba los detalles más ínfimos: la clientela abigarrada de las tabernas; las zapaterías donde enderezan tacones o echan medias suelas a unas botas en el tiempo que su dueño invierte en leer un periódico y fumarse una pipa; los bazares populares donde venden hasta trozos de vela; las tiendas de antigüedades de las calles Bonaparte y Mazarino; las librerías de lance metidas en cajones a lo largo del Sena...