También invertía muchas horas recorriendo los llamados, por antonomasia, «grandes almacenes»; centros de enorme actividad comercial que sostienen a millares de familias y cuyo balance diario equivale a una gigantesca jugada de Bolsa. Francisco, el intérprete, le había explicado la fundación y desarrollo de esos establecimientos, asombro de forasteros. Generalmente su origen fue humilde. Un comerciante inteligente y pobre instaló, verbigracia, una tienda de sombreros para señoras; lentamente la pequeña industria arraigó, y medrando, lo que empezó siendo sombrerería, fue más tarde zapatería también, y luego bazar. Cuando las existencias desbordaban del local primitivo, su dueño adquirió una de las tiendas inmediatas, y después otra, y más adelante el piso principal, y el segundo y el tercero... ¡hasta las buhardillas!... Y como el trajín arreciaba, puso ascensores y escalerillas especiales de servicio.
Pasó tiempo...
Ya el negocio se hallaba sobradamente asegurado, el esfuerzo inicial había producido sus frutos, los asuntos afirmaban su rumbo próspero. Veinticinco o treinta años de ardiente trabajo habían bastado para que el insignificante despacho de sombreros se transformase en grandioso almacén.
El dinero llama al dinero; los que una vez quedaron victoriosos, sin procurarlo, hallan siempre aliados. Al antiguo modisto se unieron otros mercaderes que le brindaron sus iniciativas y su capital. Al principio fueron dos, tres; después, muchos; emitiéronse acciones y entonces la batalla fue de cientos de miles y aun de millones de francos. Compráronse ocho, nueve o diez casas juntas, toda una manzana; derribáronse los muros medianeros y sustituyéronse por columnas de hierro que, sin perjudicar la solidez, no mermasen la saludable amplitud y hermosa perspectiva de las salas; convirtiéronse los corredores en galerías, y uniendo unas habitaciones a otras improvisáronse magníficos patios cubiertos, a una altura de cinco o seis pisos, por gigantescas monteras de cristal. Así fueron organizándose esos titanes del comercio que flotan sobre el océano bursátil de París como boyas enormes, y gozan de prestigio mundial.
En cualquiera de esos bazares extraordinarios donde trabaja una verdadera muchedumbre de modistas, de corseteras, de zapateros, de sastres, de guanteras, de ebanistas, de tapiceros, de individuos pertenecientes a todos los oficios, y donde los trajes se entregan pocas horas después de encargados, hay zuecos para cocheros y mozos de cuadra, y botas de charol; vestidos de pana y de frac; sombreros de mil francos, dignos de ser lucidos en un palco de la ópera, y canotiers a ocho reales, para obrerillas; ropa blanca, perfumería, pieles, juguetes, enseres hípicos, muebles, pianos, libros, cuadros, estatuas, tapices... De cuanto la industria y el arte han producido, hay allí; y todo aparece bellamente expuesto al alcance del público, de modo que este pueda verlo y manosearlo con perfecto espacio y detenimiento.
Otra de las manifestaciones comerciales que más interesaban a Perea eran los mostradores a la intemperie.
El espíritu astuto de los mercaderes sabe cuánto abundan los transeúntes que, por falta de tiempo, distracción o quizás vergonzosa cortedad de carácter, se abstienen muchas veces de comprar. Para esta clase especialísima de público fueron ideadas las largas mesas que, desde las siete o las ocho de la mañana, según la estación, instalan los comerciantes al aire libre y son como un derramamiento pujante y alegre de la vida interior de cada almacén. Ante la plebeya alegría de aquellos mostradores, la multitud se detiene curiosa: allí los hombres se ponen en mangas de camisa para vestirse un chaleco, y las mujeres se prueban una blusa; cada cual va a su objeto; nadie se estorba. Esta venta se prolonga hasta la noche. A esa hora se recogen las mercancías, se levantan los mostradores y las pirámides de sombreros, los montones de zapatos y de corsés, las olas frufrutantes de faldas y de blusas, desaparecen en la amplitud del establecimiento. Es una inspiración o absorción gigante, que deja las aceras desembarazadas y limpias, como para que sobre ellas circule mejor la traviesa alegría del París noctámbulo.
De estas instructivas andanzas jamás regresaba don Higinio con las manos vacías. Poco a poco iba adquiriendo los cachivaches que necesitaba llevar a su pueblo: el reloj para Teresita, las navajas de Nicanor, la escopeta y unas polainas para don Gregorio, unos espejuelos para don Tomás... Amén de otras incontables baratijas que le sorprendían y enamoraban: figulinas de mármol, tinteros caprichosos, tarjetas postales, juguetes, un espejo, un bidet: diríase que a Serranillas no había llegado aún la civilización. Estos sacrificios los hacía para acrecentar el éxito de su restitución al terruño, seguro de que el brillo de su regreso estaría en razón directa del número de regalos que llevase. En el hotel de los Alpes atónitos estaban de tanta adquisición; dentro del dormitorio de Perea, al pie de la cama, encima del armario, sobre las sillas, los objetos, cuidadosamente atados y envueltos en papeles de estridente policromía, iban hacinándose; flotaba en el aire ese olor indefinible a barniz de las cosas nuevas: la habitación parecía un bazar.
Todo esto ahondaba las raíces de amor que París iba echando en el embelequero carácter de don Higinio. París era el misterio. Nadie le conocía en aquella ciudad inmensa. ¿Quién acecharía sus pasos ni iría a contarle los peces cobrados en el transcurso de una tarde, bajo la umbría del puente? Así, por contraste, viendo rodar las aguas del Sena, pensaba en su pueblo. ¡Oh, la hora triste, la hora gris, en que hubiese de regresar a Serranillas para otra vez vivir ante los ojos de todo el mundo!... Sorprendíase entonces de haber podido alejarse tanto de aquel pasado anodino, y comprendía que las distancias no existen; el espacio, con ser infinito, lo lleva el hombre en sí. ¡Querer!... He ahí el secreto; millares de personas no hicieron nada nunca, porque jamás su voluntad se decidió a la acción. Él, un día, «quiso», y aquel impulso interior, que solo tardó segundos en producirse, había bastado a sacarle de España. Lo que antes imaginara dificilísimo, ahora se le antojaba insignificante; y es porque la vida remeda a esas montañas que vistas desde lejos parecen inaccesibles, y luego, de cerca, ofrecen innúmeros vericuetos y quebrajas por donde encaramarse hasta su cumbre. Y París, en una historia tan llana como la de don Higinio, era una cumbre.