Prosiguió:
—¿Le gusto a usted?... ¿Sí? Lo más feo de mi persona es la cara: soy chatilla; mis ojos son graciosos, pero pequeños... El cuerpo, en cambio, es bueno; me lo han dicho muchos artistas. ¿Quiere usted verlo?... Espere usted un momento. Voy a enseñarle una fotografía que me hicieron desnuda.
Se iba con frivolidad de pájaro. Don Higinio la retuvo.
—¿Dónde vas?
—A buscar mi retrato. Yo vivo aquí mismo, en la calle Croissant. Vuelvo en seguida...
Y escapó. Perea quedose en medio de la acera, no sabiendo si aguardar a la moza o seguir su camino; mareado, los pies húmedos, mientras en su paraguas tropezaban los de todos los transeúntes. Decidió refugiarse en un portal. ¡Demonio de chiquilla!... Ella reapareció pronto: llegaba riendo, brincando, con una alegría que evocaba recuerdos de colegio.
—¡Vea usted!...
Don Higinio miró, mientras sus ásperos bigotes disimulaban una mueca faunesca de los labios. En aquel retrato la joven aparecía de perfil, las piernas juntas y los brazos en alto. Estaba bien: ni delgada ni gruesa; el seno en su sitio. ¡Muy bien!... El inflamable manchego sonreía gozoso; aquella imagen desvergonzada había sido una especie de toque de rebato para sus castigados deseos. Algo abrasador, quemante como un vaho de horno, le rozó la espalda. Los ojos duchos de la aventurera leyeron de corrido en la abochornada frente y las extraviadas pupilas de su interlocutor. Comprendió que debía ganar tiempo: no siempre los prólogos son oportunos...
—Entonces —dijo— no bebamos cerveza. ¿Quiere usted?... Yo conozco aquí, en la calle Paul-Lelong, un hotel donde estaremos tranquilos.
Don Higinio, alucinado, sintiendo agolparse a su cuello toda su sangre, preguntó maquinalmente: