—¿Es casa de confianza?
—¡Oh, ya lo creo! No tenga usted miedo. Yo voy mucho allí.
Caminó tras ella diligente, sin cansancio, sin frío, con un ahinco para el que todos los caminos eran cuesta abajo. Doblaron la esquina de la calle Paul-Lelong. Sobre una puerta leyó don Higinio: «Hotel Amueblado».
—Aquí es —dijo ella.
Y entraron. En la portería un señor grueso, de cara afeitada y monacal, les dio una llave.
—Buenas tardes, señorita Leopoldina. Habitación número quince; ya sabe usted, en el piso segundo...
Subieron presurosos una escalera de caracol, cubierta por una alfombra verde muy raída y manchada de gotas de cera. Traspusieron un pasillo oscuro, impregnado de ese aire tibio, oliente a perfume y a carne, de las alcobas; abrieron la puerta de un cuarto tapizado de rojo, donde había un lecho dorado, un lavabo, un armario de luna...
La señorita Leopoldina arremetió a Perea, cubriéndole los redondos carrillos de bulliciosos besos.
—Te voy a querer mucho —repetía—, mucho: eres muy guapo. Mira, yo soy así: una loca... Mis amigas lo dicen: una loca; en seguida me enamoro. Cuando regreses a España tendrás que llevarme.
Y en seguida.