—¿Llevas navaja?...
El galán sonrió; hizo un signo afirmativo. No llevaba navaja, precisamente, pero sí un cuchillo; el famoso cuchillo de mango negro y hoja triangular con que una noche asombró al intérprete del hotel de los Alpes. Desde que estaba en París, siempre, para salir a la calle, se lo ponía atrás, entre el pantalón y la faja, según la usanza marinera, y más por afición a lo heroico y decorativo que porque hubiese reflexionado nunca seriamente en la posibilidad de agredir a nadie. Leopoldina volvió a abrazarle; viendo el arma cortante, bruñida, sus ojos chispearon con regocijo ancestral; su alma vagabunda, acostumbrada a los lances violentos, se estremecía...
—Me gustan los hombres valientes —exclamó—. ¡Tú serás mi hombre!...
La señorita Leopoldina supo proporcionar a su amigo dos horas deliciosas: era infatigable, sabia, oportuna... Perea estaba abrochándose el chaleco, cuando recordó que no llevaba dinero en plata ni en oro. Solo tenía un billete de cien francos.
—Yo lo cambiaré —dijo ella—. ¿Cuánto he de devolverte?
Don Higinio, que empezaba a sentirse enamoriscado de la francesa, fue generoso.
—Dame la mitad.
Cambiaron un beso, el último, sobre los labios, y empezaron a bajar la escalera, cuyos peldaños en espiral daban la sensación de un remolino. La señorita Leopoldina, muy pizpireta, muy saltarina, bajo su sombrerito rojo, iba delante. Silbaba una canción. De pronto, al salir a la calle, echó a correr velozmente con un rapidísimo arranque de corza. Don Higinio la vio alejarse, esfumarse casi entre la niebla a través de la indescriptible baraúnda de peatones y de coches, y lanzose tras ella. Había comprendido que intentaban robarle. Al llegar a la calle Montmartre, la señorita Leopoldina se sintió trabada por un brazo. A su lado Perea, los ojos furiosos y los rudos bigotes mojados por la lluvia, estaba imponente.
—Suelta mi dinero, ladrona.
—¿Qué dinero?