De súbito la tragicomedia callejera mudó de aspecto y amenazó convertirse en drama. Un mocetón como de treinta años, afeitado y robusto, con traje de pana color tabaco, los pantalones anchos de muslos y muy ceñidos sobre la bota, una boina azul derribada hacia atrás y alrededor del cuello un pañuelo rojo, salió de la taberna y trabando a don Higinio por los cabezones le zarandeó y obligó a soltar su presa.

—¡Eh, buen hombre!... —interpeló—. ¿Qué es eso?... ¿Qué le sucede?

Su acento zumbón, insolente, anunciaba un golpe.

—Me ha robado —repuso Perea algo sorprendido.

—Pues fastidiarse..., o si le parece... lo que había usted de decirle a ella me lo dice a mí. ¿No le es igual?...

Hablando así, sin soltar las solapas de don Higinio, llevose la mano hacia atrás, como buscando un arma. Era musculoso, tenía el mirar acerado y sobre su frente pálida caía, como un penacho belicoso, un mechón de cabellos rizados. La señorita Leopoldina, entretanto, se había refugiado en la taberna. Don Higinio vaciló: en Serranillas, seguramente hubiese andado a bofetadas con aquel pícaro; pero allí, a pesar de su cuchillo, tuvo miedo; miedo a la muerte, al misterio que envolvía todo aquel oscuro mundo de prostitutas y de ladrones; se acordó de los crímenes que había visto en los cinematógrafos, de los «apaches» que saben dar «el golpe del padre Francisco», y, como por ensalmo, sus fuegos de baratería y majeza se apagaron. Comprendiéndolo su contrincante, le volvió la espalda, y Perea, mal repuesto aún del susto, permaneció alelado, mirando hacia la taberna donde Leopoldina, de pie ante un grupo de mujeres y hombres, pirueteaba y reía agitando sobre su cabeza, como una bandera, el billete robado.

Amohinado y furioso, pálido a la vez de coraje y de miedo, don Higinio continuó su camino bajo la lluvia, sin siquiera acordarse de abrir su paraguas. A pesar de su diligencia llegó al hotel muy tarde; en el comedor no había nadie. El camarero, al servirle la sopa, le dijo:

—Hoy es usted el último.

Había en aquella declaración una especie de reproche, de lamento, hacia las desgobernadas costumbres del huésped; y Perea comenzó a engullir velozmente, cual si quisiera desquitarse del tiempo perdido. Acodado a la mesa glotonamente, pequeño, redondo, cabezón, rojo y mofletudo, tras la blancura de su servilleta, parecía el anuncio de un aperitivo. Según comía, su malhumor iba encalmándose. ¿De qué se avergonzaba? Si algo parecido le ocurre en Serranillas se deja partir en pedazos antes que echar atrás un solo pie. Pero, ¡en París!... ¡Bah!... ¿Quién le conocía en París?... La gente que le vio retirarse, pensaría: «Hace bien; es un hombre prudente, enemigo de escándalos; un caballero que tendrá su alma en su almario, como cada cual, pero que no ha querido jugarse la vida por una pampirolada...». Además, dado su aspecto, comprenderían que estaba casado, que tendría hijos, y el hombre casado debe cuidarse porque pertenece a su familia. ¡Ah, si no fuera por sus hijos, llevando como llevaba su buen cuchillo a la cintura!...

Atacó rudamente el bistec con patatas que acababan de traerle, trasegó parsimoniosamente un bien colmado vaso de vino, y el curso de sus ideas abonanzó. Total... ¿qué? ¡Nada!... Unas palabras, celos... Si es cierto que el «apache» le había trabado por los cabezones, él también le agarró una muñeca. ¡Oh, y con qué fuerza! Ahora lo recordaba bien; y él tenía la mano dura... ¡ya lo creo!... debió de hacerle daño... ¡En fin, cosas de hombres!... Lo cierto era que había pasado una tarde muy agradable...