La llegada del intérprete concluyó de serenarle. Francisco le traía una noticia impresionante.

—¿No le han dicho a usted la tragedia de esta tarde?...

Don Higinio hizo el gesto vago del individuo que acaba de llegar y no sabe nada. Francisco prosiguió:

—Ha sido algo horrible. ¿Se acuerda usted de Luisa, la camarera del segundo?

— ¿Una rubita, vestida de negro?

—Sí. Esta tarde se cayó al patio. ¡Pobrecita! La levantamos muerta.

Francisco observaba a Perea; al hablar había empleado esa lentitud sádica, llena de pausas, de reticencias crueles, con que los hombres saben dar las malas noticias que no les importan. Don Higinio hizo un ademán de sorpresa y derramó en la fuente de la ensalada una copa de vino. Pidió detalles. Acordándose de la pobre Luisa pensaba también en el «apache» de la calle Réaumur. ¡Si a él le hubiesen abierto el vientre de una cuchillada! Indudablemente hay días terribles.

Despacio, un poco emocionado tras el ajenjo que había pedido, Francisco refirió circunstanciadamente la tragedia.

Para los padres viejos que ahora lloraban su muerte se llamaba Luisa Soucy; para él y la servidumbre del hotel de los Alpes era la jeune femme de chambre du second. Luisa, bonita, traviesa y alegre como una doncellita de Marivaux, gozaba entre la gente de escalera abajo de cierta popularidad: había llegado a tener «cosas». Cuando iba por la calle, el carbonero de al lado, y el tabernero y el muchacho empleado en la mercería de la esquina, deslizaban en sus oídos frases galantes y ardorosas. El dueño de la épicerie próxima, si la veía aparecer con su delantalito muy pulcro y ceñido y su cestita colgada del redondo antebrazo, olvidaba sus propios intereses y la servía generosamente. Los domingos todas las muchachas de la vecindad querían salir con ella, porque Luisa era la más diabólica, la más feliz, la más ocurrente de todas, y a su lado no había dolor.

Según Francisco, esta pequeña celebridad la mató.