Luisa Soucy tenía temperamento de gimnasta: era atrevida, ágil, diablesca; lo que veía hacer a los titiriteros en las ferias de Saint-Cloud y Neuilly, ella lo repetía después puntualmente en el cuarto de la costura ante las ventanas abiertas, para que los vecinos la admirasen: brincaba sobre la mesa, se ponía cabeza abajo, orgullosa de sus piernas y de sus pantalones encintados, se columpiaba afianzada al montante de las puertas; hacía juegos malabares con los platos y si alguno de ellos saltaba en añicos contra el suelo, el público simple y bullicioso de Luisa Soucy reía a carcajadas. ¡Demonio de chiquilla y qué bien imitaba a los hércules de plazuela! ¡Cómo repetía sus farsas, sus gritos! Aquella criatura, realmente, tenía mucha gracia y acaso, de haberse dedicado a la farándula, hubiera sido una buena actriz. «No hay quien pueda con ella» —decían unos—. «No tiene miedo a nada» —agregaban otros—. Ella, la inocente princesita del patio, que conocía la admiración y hasta las mezquinas envidias de que era objeto, se hinchaba de orgullo como una heroína. Y así, jugando, mecida por el aplauso, llegó a la muerte.

Asomada a un balcón del piso segundo, Luisa Soucy bromeaba con una vecina. Había cesado de llover y aquella tregua pobló de mujeres las ventanas; un frívolo murmullo de cuchicheos femeninos alegraba los ámbitos húmedos y profundos del patio. Luisa, que estaba barriendo, dejó la escoba y quiso maravillar a su público con un ejercicio extraordinario.

—¿A que voy —exclamó dirigiéndose a su vecina— desde mi balcón al tuyo?...

Y la otra:

—¿A que no?...

En el fondo de esta negativa latía, inconsciente, una crueldad. Las camareras, los cocineros, los marmitones, algunos huéspedes también, noticiosos de la apuesta, miraban ansiosos y los comentarios revolaban febriles, animadores, de ventana en ventana.

—Es capaz de hacer lo que dice...

—Sí; pero no se cae, no hay cuidado: es un diablo...

Las más tímidas gritaban:

—¡Luisa, Luisa!... No seas loca... No puedes pasar; la distancia es muy grande...