En aquel momento, ella, quizás, tuvo miedo. ¿Por qué no, si era mujer y era muy joven, y muy honda la altura sobre que iba a exponerse?... Pero acaso comprendió que ya no debía retroceder: había ofrecido a «su público» aquella diversión y al público no se le puede engañar porque se le pierde; sus entrañas experimentaron ese calofrío que solo conocen los militares y los artistas ante la expectación, a la vez admirativa y despiadada, de las muchedumbres. Automáticamente, sin alegría, obedeciendo al orgulloso prurito de quedar bien, de no desmejorar la celebridad adquirida, Luisa Soucy intentó deslizarse sobre la barandilla, mojada por la lluvia, del balcón. Bruscamente sus muñecas débiles flaquearon y dando una voltereta fue a estrellarse contra las losas del patio.

El intérprete terminó con esa prosopopeya que inspira a los hombres el haber sido testigos de algo grave.

—Yo estaba allí, yo la vi caer...

Don Higinio se había quedado serio; el alma de Luisa Soucy le preocupaba; se parecía a la suya. ¡Ah, el deseo tantas veces funesto de quedar bien!... Esa vanidad que mató a la pobre muchacha es uno de los sentimientos más tenaces del humano espíritu: por vanidad, más que por abstracto y desinteresado amor a la belleza, triunfan muchos artistas; por vanidad se arruinan muchos mercaderes y se suicidan muchos amantes; la vanidad lleva al heroísmo. Ese aroma de las multitudes llamado «prestigio» puede, de consiguiente, ser lo mejor y también lo más malo; y si la popularidad es humo y por ella los hombres afrontan la muerte, ¿es que la celebridad vale tanto como una vida, o acaso la vida vale tan poco que puede darse por la celebridad?...

Don Higinio suspiró: ¡pobre Luisa!... ¡Y pensar que si él estaba allí sano y salvo era porque cuando su cuestión con el «apache» no tuvo público!...

Al día siguiente despertó enfermo: su frente y sus manos abrasaban; tenía la lengua sucia. Era una perturbación digestiva que achacó a su disgusto de la víspera y a la fuerte impresión que de sobremesa y a guisa de postre le dio el intérprete. Por segunda vez, desde que estaba en París, don Higinio sintió miedo. ¡Estar enfermo y tan lejos de Serranillas!... Con esta aprensión tomó una purga, y acostado y tosiqueando, quejándose unas veces de neuralgia y otras de dolores en el vientre, pasó varios días. La comida se la subían a su habitación; no se afeitaba ni ponía el menor aliño en el cuidado de su persona; las horas que estaba levantado las pasaba en un sillón, junto a la ventana, leyendo periódicos y viendo caer la nieve. En medio de tanto fastidio Perea, sin embargo, no se aburría. «Estoy en París», pensaba. Lo que equivalía a decir: «Nadie me ve, nadie fiscaliza mis acciones, nadie sabe de mí. De este breve período de mi vida, si el caso llega, podré decir lo que me parezca. En estos momentos la leyenda, cual una égida santa, me cubre de poesía...».

Una tarde Francisco fue a visitarle; el piamontés le echaba de menos; había preguntado por él y le dijeron que estaba indispuesto. Nada grave, por lo visto: le pulsó, le examinó la lengua y los ojos... ¡Bah, una insignificancia!...

—Esos males —agregó truhanesco— antes los curan las mujeres bonitas que los médicos.

El paciente hizo un gesto ambiguo; en poco tiempo había corrido mucho y estaba fatigado. Refirió su aventura con la señorita Leopoldina, aunque adobándola de modo que el desenlace fuese perfectamente airoso para él. La muchacha, desde el primer momento, le había demostrado gran simpatía. Él la cortejó, la arrulló fervorosamente y consiguió arrastrarla a un «hotel amueblado» de la calle Paul-Lelong. Al salir de allí, un antiguo novio de Leopoldina les detuvo; era un tipo terrible. Ella, asustada, echó a correr y desapareció entre el gentío. El desconocido tenía ganas de reñir, los celos le oscurecían el entendimiento y hasta hizo ademán de asir a don Higinio por las solapas.

—Yo, entonces —continuó Perea—, le agarré por el cuello..., yo soy fuerte..., le agarré bien..., en fin..., unos transeúntes nos separaron y todo quedó así.