Había hablado brevemente, con esa sobriedad de los hombres prudentes y bravos, refractarios a comentar sus valentías. Lo único que deploraba era no haber revisto a Leopoldina. El intérprete le interrumpió:
—No le pese a usted; esa mujer, indudablemente, es una aventurera. ¡Yo conozco París!...
A don Higinio empezaba a cansarle la muletilla del intérprete; no pudo reprimir su enojo.
—«Usted conoce París...» —exclamó—. Caramba, también yo lo conozco. ¿Qué hay con eso?... ¿Cree usted que soy un chiquillo?... Yo no me chupo el dedo, señor Francisco.
El piamontés repuso:
—No importa; yo me entiendo, señor Perea. Aquí hay gente muy mala. ¿Qué necesidad tiene usted, un señor serio, de exponerse a recibir un golpe?... París es muy peligroso, muy traicionero; un día, cualquiera de esas lumias, de acuerdo con cuatro o cinco «apaches», le dan a usted un susto.
Perea titubeaba la cabeza, ni jaquetón ni pusilánime; pero con la tranquilidad de quien todo lo lleva meditado y previsto.
—A usted —agregó Francisco— le convenía una mujercita que viniese a verle dos o tres veces por semana; pero aquí mismo, en su cuarto, sin escándalo...
Don Higinio abrió mucho los ojos. Parecía un gallo.
—Pero, ¿puede ser eso?