—¿Por qué no?... Yo, precisamente, conozco una señorita que le gustaría a usted: no viste mal, es juiciosa...
—¿Y la dejarían subir?
—De eso yo me encargo. Además, en este hotel, como en la mayor parte de los hoteles de París, todo está permitido.
Don Higinio concluía de cenar cuando llamaron suavemente a la puerta de su habitación. Era una joven delgada, no muy alta, deliciosamente pálida entre la frondosidad negra de los cabellos, y en los bruñidos ojos una expresión sabia y humilde, llena de promesas. Sus manos desaparecían en un manguito.
—Yo soy la señorita Enriqueta...
Perea comprendió. El intérprete había sido eficaz. Mortificado por la vergüenza de su barba mal afeitada, don Higinio saludó a la joven muy amablemente y la invitó a sentarse. Ella aceptó, recogida y modosa. Tenía la voz impertinente. Vestía de gris y adornaba su cabeza una gorrita del mismo color con un sprit rojo. Ceñía su cuello una piel blanca. Llevaba guantes, chanclos de goma, paraguas, una carterita de mano; don Higinio se acordó del holandés: ¡cuánta previsión! También la señorita Enriqueta «tenía de todo...». Ella inició la conversación.
—El señor Francisco, el intérprete, me habló de usted esta tarde. Dice: «Es un caballero español muy distinguido; un buen amigo». Eso es lo que a nosotras las mujeres nos conviene: personas distinguidas, serias, que no nos hagan perder el tiempo. Yo también soy muy seria. Otras jóvenes, así de mi edad, se enamoran de algún estudiante o de algún chauffeur o de cualquier comicucho, y andan por ahí desprestigiadas, sin dinero y expuestas a todo lo malo. Yo no soy de esas: yo soy formal; el señor Francisco me conoce hace tiempo. La mujer, para gustar, necesita ir bien calzada, bien vestida y eso cuesta dinero.
Había en el pequeño discurso de aquella señorita, que probablemente tenía ahorros en el Monte de Piedad, un exceso de seriedad, una sobra de equilibrio y buen juicio que afligieron a don Higinio. ¡Lástima que la señorita Enriqueta no fuese un poquito más loca!... No obstante, el noble manchego correspondía a las palabras de su interlocutora con graves cabezadas de asentimiento y elogio. ¡Muy bien, sí, señorita; todo aquello estaba muy en su punto; las muchachas galantes deben ser así!... Ella prosiguió con una destreza genuinamente mercantil:
—Tampoco soy de esas que dan escándalos: yo no bebo nunca, ni fumo, ni tengo malas amistades, ni pido lo que no debo pedir, como otras. Yo no abuso. Sobre todo la corrección. Si a usted le conviene ser amigo mío, yo vendré a visitarle cuando me llame: usted me lo dice ahora, o me escribe, o me envía recado por conducto del señor Francisco. Además, si quiere usted conocer bien París yo puedo acompañarle. Hay restaurants donde se come barato y muy bien, y con los ómnibus recorreríamos por poco dinero grandes distancias. Conmigo va usted seguro. Visitaremos los museos. Yo tengo alguna cultura artística y así, charlando, lo ve usted todo y practica el francés.
Le dio su tarjeta: «Señorita Enriqueta Nussac, calle Rougemont, número diez. (Junto a los grandes bulevares)».