Don Higinio se inclinó cortés y puso la tarjeta en el espejo del armario. No sabía qué decir, ni precisaba que añadiese palabra a lo expuesto por la joven del traje gris y del sprit encarnado. Era la situación, un tanto desairada, en que caen los hombres cuando las mujeres toman la iniciativa. De nuevo el recuerdo del holandés cruzó por su memoria. Verdaderamente, la señorita Enriqueta, guía, profesora de francés, expendedora de caricias a domicilio, todo dentro de la más estricta discreción y formalidad, era una especie de enciclopedia de «despacho permanente», donde hasta las más heteróclitas necesidades del forastero estaban previstas. Y don Higinio, enamorado perpetuo de la emoción, de lo irregular, sintió esa melancolía indefinible que hay en todos los negocios que llegaron a nosotros completamente hechos. ¡Qué diablos! Él, tan inclinado a complicar las cosas para embellecerlas, después de lo dicho por su amiga no le restaba otro quehacer que meterse en la cama y apagar la luz.
Al otro día, cuando don Higinio abrió los ojos, vio a la señorita Enriqueta, ya empolvada y vestida, leyendo Le Journal delante del balcón. ¿También madrugadora?... Perea se quedó estupefacto.
—¿Qué hora es?
—Las nueve. Yo me levanto siempre muy temprano. ¿Le sorprende a usted, verdad?
Se acercó a su amigo mostrándole el periódico; acababan de traerlo. Perea la invitó a desayunar; pero ella rehusó el convite; quería ir pronto a su casa a dar de comer a su gozquecillo y a sus pájaros. Cuando pasaba una noche fuera de su hogar estaba intranquila; siempre temía encontrarlos muertos. Don Higinio la dio un luis, y ambos prometieron volver a reunirse por la tarde, a las dos, en el pasaje Saulnier. Se besaron.
—Adiós, querida Enriqueta.
—Hasta luego, mi amor...
En seguida don Higinio se levantó y aseó pulcramente. Estaba contento; mientras se afeitaba no cesó de cantar; todos sus alifafes habían desaparecido. Después bajó al comedor y almorzó con un apetito de estudiante. Bebió una buena taza de café puro, pidió una copa de coñac, encendió un cigarro habano, se cercioró de que el cuchillo ocupaba su sitio, entre la faja y el pantalón, y salió a la calle. En la puerta del hotel encontró a Francisco.
—¿Qué tal mi amiguita?
—¡Deliciosa!...