El piamontés sonreía alegre.
—¿Volverá usted a verla?
—¿Cómo, si volveré?... ¡Esta misma noche! ¿Qué creía usted? En España somos así...
Y caminó sobre la acera, muy erguido, muy orondo, lanzando al aire una gran bocanada de humo...
La amistad grave y comedida de la señorita Enriqueta aportó al vivir habitual de Perea un nuevo elemento de orden. A pesar de sus comezones aventureras, don Higinio era un reglamentado, uno de esos caracteres sustancialmente metódicos, apegados a sus costumbres y a su casa, que hablan bien del matrimonio, usan paraguas y, cuando viajan, nunca dejan de comprar una guía de ferrocarriles. De aquí la rapidez con que la joven del traje gris se inhibió en su voluntad y acopló a sus mañas. Enriqueta iba a verle al hotel de los Alpes los martes y viernes, después de cenar; pasaban la noche juntos y el día siguiente lo dedicaban a pasear o a recorrer almacenes. Ella le favorecía con sus consejos, le señalaba lo mejor, y don Higinio experimentaba un travieso contentamiento obligándola a ponerse los diferentes regalos que había de llevar a sus amigas de Serranillas: el corsé de doña Lucía, el sombrero para doña Benita, el reloj de Teresa. Hasta el riquísimo abrigo de pieles que compró a doña Emilia en una peletería de la calle Royal por mil ochocientos francos, estuvo toda una tarde, durante una excursión a los museos del Louvre, sobre los hombros fragantes y redondos de la muchacha. Gracias a ella, también, conoció Perea los rincones favoritos del París noctámbulo, ojeó los alrededores de la ciudad, hermosos siempre, a pesar del frío, aprendió a utilizar los ómnibus y amplió notoriamente sus conocimientos del idioma francés. Considerando estos beneficios, los dos luises que semanalmente deslizaba entre las manos, alternativamente interesadillas y cariñosas de Enriqueta Nussac, constituían una recompensa irrisoria.
Sin embargo, el afectuoso corazón del hidalgo manchego no propendía a enamorarse de la señorita Enriqueta, bonita, elegante, bien educada, pero metódica, redicha y seria..., ¡horriblemente seria!..., fuera y dentro de aquella alcobita del hotel de los Alpes, como si el amor constituyese para ella una especie de oficina. Don Higinio se acordaba con cierta melancolía de Leopoldina; era una sinvergüenza, una verdadera lumia de plazuela, soez y ladrona; ¡pero, tan alegre, tan conversadora, tan aturdida!... ¡Buena diferencia de ella a Enriqueta, dulce, circunspecta, con algo de institutriz en la conversación y en el ademán!... ¡Oh! ¿Por qué lo alborotado, lo imprevisto, será también, casi siempre, lo más agradable?...
Esto no impedía al galán, pródigo como un poeta en novelescas invenciones, atribuir a su amiguita ciertas cualidades, muy recomendables, de emotividad y desinterés. Ella habíale dado a comprender, con veladas palabras, que dependía de cierto pobre señor, viejo y rico. Por esta razón tenía comercio con muy pocos hombres. Fue preciso que Francisco, el intérprete, le hablase de don Higinio, celebrándole su buena disposición de ánimo, generosidad y altas dotes de caballero.
—Yo te conocía de vista —había dicho la señorita Enriqueta— y me gustabas. Al revés de mis amigas, los jovenzuelos me aburren: son indiscretos, sobones, pegajosos... Prefiero un hombre, un verdadero hombre, como tú...
Con esto que ella declaraba, más otro tanto que inadvertidamente y de la mejor buena fe añadía la manirrota imaginación de don Higinio, llegó este a componerse una especie de enredo sentimental que, si no le consolaba completamente, siempre extendía cierto artificio poético sobre la moza y el camino de simpatía que la llevó a él. ¿Y por qué no sería amado?... Evidentemente, no era hermoso; pero el amor se parece al talento; a veces depende exclusivamente del espíritu: se puede obtener mucha admiración y mucho cariño y ser muy feo. Así consolado, en el comedor don Higinio miraba al holandés derechamente y sin envidia: estaban iguales; a él también le querían, con la ventaja de que sus ojos podían vanagloriarse de haber visto a la italiana, siquiera fuese a hurtadillas, aquella parte de su cuerpo más crecida y golosa.
Pronto tres meses serían transcurridos desde que Perea llegó a París, y las cartas de doña Emilia eran, de día en día, más apremiantes. La excelente señora no dudaba de que su marido tuviese relaciones con alguna francesa maestra en el arte de sorber el juicio a los hombres, y hablaba de arreglar su equipaje y plantarse en el hotel de los Alpes: ya no quería abrigo de pieles, ni sombreros, ni ninguno de aquellos regalos que el traidor la describía marrullero con intención evidente de fortalecer su paciencia con su codicia; lo que ella necesitaba era a «su Higinio», arruinado, tullido o ciego, o como las grandísimas tunantas de París le hubiesen dejado. No era posible resistir el imperio de aquel llamamiento furioso, y Perea lo reconocía así. Pero, ¿cuándo volver?... Serranillas era la verdad, la realidad odiosa, ¿y quién que conoció una vez el hechizo de una mentira podría tornar sin dolor a la aridez de la verdad?... Don Higinio no necesitaba mujeres, ni orgías, ni boatos desusados: con vivir en París tenía bastante. Hasta lo peor, la tristeza del invierno, la lluvia, la nieve, el frío, el barro que emporcaba las calles, el rumor oceánico de tantos millares de vehículos rodando entre la niebla, todo le producía una especie de mareo, de sopor de conciencia, que alimentaba su ufanía. Él regresaría a Serranillas, porque allí estaban su mujer, sus hijos y su hacienda; pero que le dejaran tranquilo algunos meses más, que no le hostigasen de aquel modo. ¿Es que el egoísmo de los suyos tenía envidia de su libertad?