Sus relaciones con Enriqueta también le sujetaban allí. Don Higinio, tonto a pesar de su traza y de sus años como un buen mozo, se creía amado; ella se lo había dicho varias veces, y una señorita tan seria no podía mentir ni enamorarse ligeramente. Se trataba de una pasión, de una verdadera pasión..., y afectos de tan subida calidad no deben pagarse con ingratitud. La señorita Enriqueta era dulce, mimosa, lloraría por él si le perdiese, clavaría en el encanto de sus cabellos sus uñas rosadas, enflaquecería..., y don Higinio tenía el corazón demasiado blando para consentir que nadie se arruinase por él. No, eso nunca. Todo menos dejar tras sí una estela de lágrimas. Pero, ¿cómo las pobres mujeres pueden interesarse así por hombres que apenas conocen? Él era un aventurero, un español, hijo del país de las leyendas sanguinarias, un corsario de carnes blancas... ¿Cómo Enriqueta, ofuscada, no pensó en esto antes de rendirle su voluntad?... Debía, por tanto, llegar a la ruptura suavemente para ahorrarse futuros dolores de conciencia. Con estos humanitarios escrúpulos pasó varios días, hasta que un incidente grotesco acudió a sacarle de aquel atolladero sentimental.

Una tarde se hallaba don Higinio tomando su aperitivo en la terrasse de un café contiguo al hotel de los Alpes, cuando pasaron Francisco y un huésped, a quien Perea había saludado algunas veces. Don Higinio, con una sonrisa y un gesto galante, les invitó a sentarse y ellos aceptaron. El intérprete pidió un ajenjo.

—Creo que es el duodécimo que bebo hoy —dijo.

El huésped pidió ginebra. Se llamaba Clark. Era un joven suizo, rubio, alto, elegante, que debía de tener muchos éxitos entre las mujeres. Don Higinio, para mostrarse amable, se lo manifestó así. Clark sonrió evasivamente.

—Usted —dijo— tampoco se aburre. Ayer le vi con la señorita Enriqueta.

Perea se ruborizó.

—¿Sí?... Es posible ... ¿La conoce usted?

—Mucho. Es la amiga de Francisco.

Don Higinio miró al intérprete, cuyos ojos, con el deleite de beber, se inmovilizaban y adquirían una expresión imbécil y húmeda. Clark prosiguió:

—Es una muchacha muy agradable, ¿verdad?..., y no es cara. Demasiado seria, tal vez... Yo la he llevado a mi cuarto varias noches.