Don Higinio quedose aturdido, cual si acabase de recibir un porrazo en la cabeza, y se llevó a los labios la copa de su aperitivo sin advertir que estaba vacía. No obstante, trató de disimular su desconcierto. Habló de un modo indiferente...
—Ella me ha referido una historia; dice que tiene relaciones con un caballero rico.
Clark lanzó una carcajada juvenil, y Francisco, que había oído las palabras de Perea, sonrió sin dejar de beber: los lacios bigotes, mojados en ajenjo; la nariz, roja; la mirada, turbia y feliz...
—Esas son invenciones —exclamó el suizo—. La señorita Enriqueta es la amante de nuestro amigo Francisco, vive con él... ¿Verdad, viejo?
El intérprete hizo un signo afirmativo; luego se encogió de hombros, significando con aquel movimiento que se echaba la moral a la espalda. Clark prosiguió:
—La señorita Enriqueta, como no es fea y sabe presentarse, constituye una mina. Aquí, el señor Francisco la administra muy bien, y, gracias a ella, donde usted le ve, ya tiene sus economías en la Caja de Ahorros. ¿Verdad, viejo?... ¡Bravo! El señor Francisco no es celoso.
El intérprete insinuó otro ademán de desdén. Estaba borracho.
—Yo conozco París —dijo—; aquí es preciso tener dinero. Mañana llega uno a viejo, y, si es pobre... ¡zas!, al hospital, ¿verdad? A pudrirse, ¿verdad?, a morirse como un perro... ¡Ah, y eso, no!... Hay que tener dinero, sea como fuere...; pero dinero, luises..., lo demás..., ¡bah!... Que no me vengan con cuentos, ¿eh?...; que no me vengan con cuentos... ¡Yo conozco París!...
Clark, que no sospechaba por qué el apasionado don Higinio se había quedado tan serio, le guiñaba los ojos picaresco y procuraba interesarle en la conversación. El suizo, por burla, quería que Francisco hablase.
—¿Hace mucho tiempo que la conoce usted?