—Tres años o cuatro..., ¡es igual!...
—Pero, veamos, señor Francisco; es incomprensible que una muchacha como la señorita Enriqueta esté enamorada de un hombre como usted. ¡Si fuese del señor Perea o de mí!... ¡Pero de usted!... ¡Un hombre casi viejo!...
El intérprete movió la cabeza.
—¡Bah! No sé si me quiere; lo de menos es que las mujeres nos quieran: lo importante es que no nos dejen. Y para tenerlas sujetas, nada como esto...
Enseñaba los puños.
—¿Eh?... ¡Yo conozco París!...
Mientras Clark y el intérprete charlaban, don Higinio se prometía no volver a pasar ni siquiera una noche con la señorita Enriqueta. ¡Miren la mosquita muerta, qué bien mentía y con qué monacal humildad bajaba los párpados al hablar «del señor rico» que la protegía!... Y a fin de cuentas resultaba que la hipocritilla se había desnudado en todos los dormitorios del hotel de los Alpes, y que el sucio dinero así ganado iba a redondear el bolsillo del borrachón y repugnante señor Francisco. ¡Qué asco! Perea sentíase removido por belicosos ardores; de bonísima gana le hubiese sacudido al intérprete un par de bofetadas; su cinismo lo merecía. Le miró atentamente, analizándole implacable. Era feo, hediondo, con aquellos ojos vidriosos y azules de lagarto, aquellos bigotes lacios que, al hablar, parecían metérsele dentro de la boca, y aquella nariz carnosa y bermeja. ¡Y pensar que la señorita Enriqueta ponía sus labios sobre un adefesio así!...
Repentinamente don Higinio se quedó muy triste; dentro de su imaginación meridional, un andamiaje de ilusiones acababa de derrumbarse. Recordó sus andanzas desde que salió de España: la bofetada infamante que recibiera en el tren, la burla de madame Berta, el billete de cien francos que le robó Leopoldina, la aventurera de la calle Paul-Lelong; y, finalmente, su desabrido enredijo con la señorita Enriqueta, ¡una señorita al alcance de todos los huéspedes del hotel de los Alpes!... Verdaderamente, para correr lances de tan pobrísimo jaez era ridículo que siguiese viviendo en París. Sí, regresaría a Serranillas. ¿Qué remedio? Aquel era su centro, el desenlace inevitable de su oscura vida.
A la mañana siguiente, los mozos de un bazar inmediato subieron a la habitación de Perea tres baúles mundos, que, unidos al reluciente cofre forrado de hojalata, compusieron un equipaje formidable, digno de un prestidigitador. En ellos fue colocando don Higinio las pieles, las ropas, los relojes de pared, los juguetes, las figulinas y los libros que, sin darse cuenta, había comprado en el largo holgar de aquellos tres meses, y tantos eran los objetos, que apuradillo se vio para que, al cabo, todos quedasen bien colocados y envueltos. Por la tarde recibió la visita de la señorita Enriqueta. La joven se sorprendió; el dormitorio parecía un andén.
—¿Cómo, te marchas?...