—Sí.
—¿Pero de una vez?...
Con el asombro sus ojos en aquel momento parecieron más lindos. Perea suspiró. Creía que su amiguita había cambiado de color, que acaso tenía deseos de llorar, y él no era capaz de hacerle daño a nadie. Arqueó las cejas, levantó los hombros cuanto pudo y luego dejolos caer desanimadamente, cual si todo su cuerpo fuera a desplomarse: el gesto de un deportado a Siberia o de un forzado a cadena perpetua.
—Me vuelvo a España —dijo.
—¡A España! —repitió la francesita—, ¿y por mucho tiempo?
Don Higinio aún pudo arrancar a sus omoplatos una nueva elocuencia.
—Probablemente para siempre.
Estaba triste; pero una repentina inspiración del comediante que acababa de surgir en él le aconsejaba apesararse cuanto quisiera, pues en momentos tales era belleza la melancolía.
La francesita, ante un espejo, volvió a colocarse sobre la alborotada gracia de sus cabellos la gorrilla que se había quitado al entrar; su instinto práctico la decía que junto a un hombre preocupado con su equipaje y ante una cama cubierta de cachivaches frágiles y de sombreros de señora, nada tenía que hacer. Todo había concluido; como si entre ella y don Higinio acabaran de levantarse los Pirineos...
Para despedirse, la señorita Enriqueta recobró su seriedad; volvió a hablarle de usted.