—Bien; le deseo un buen viaje, y si vuelve usted a París espero se acuerde de mí. Ya sabe usted mi nombre y mis señas...

Don Higinio la interrumpió precipitadamente:

—Sí, sí; calle de Rougemont, número diez, muy cerca de los grandes bulevares...

Le horripilaba la idea de que la joven fuese a darle otra tarjeta. La escena era trivial, con una trivialidad rayana en lo ridículo, y, sin embargo, tenía intensidad emotiva, era punzante, removedora, como todas las despedidas, parodias de la muerte. Además, el desorden del dormitorio añadía al momento un interés decorativo muy apropiado: algo de hogar deshecho, de nido frío, de altar roto en pedazos...

La señorita Enriqueta había abierto su cartera de mano: de ella sacó un espejito, una polverita, un peine minúsculo. Parecía contrariada.

—Necesitaba cumplir varios encargos y no llevo dinero. ¿Me paga usted un coche?

Don Higinio, magnánimo, la entregó dos luises.

—Toma —dijo— para que adornes una pulsera.

Y se separaron. Demasiado se le alcanzaba al noble manchego que aquel dinero iría a parar derechamente a las puercas manos del intérprete. Pero a él, ¿qué le importaba? Si la señorita Enriqueta quería pagar las borracheras de ajenjo de su viejo amante... ¡ella allá!... Don Higinio ya no sentía celos; sobre la ligera herida que en su amor propio dejaron las palabras indiscretas de Clark, la reflexión había extendido a modo de bálsamo una ecuanimidad tolerante y caballeresca.

Después llamó a un criado y le dio un franco para que le comprase periódicos.