—Aunque los traiga usted repetidos no importa: los quiero para envolver pequeños objetos que aún no están embalados.
El camarero volvió con casi toda la prensa del día: Le Journal, Le Petit Journal, Le Matin, Le Figaro, Le Temps, L’Écho de Paris, Le Gaulois, Le Petit Parisien, Gil Blas... Perea los ojeó rápidamente. Muchos de ellos hablaban en su primera página de un crimen misterioso perpetrado la víspera en una isla del Sena, y publicaban el retrato del muerto. Perea recordó su disputa con el «apache» amante de Leopoldina, y en medio de la pena que le producía volver a España experimentó un bienestar de liberación, una alegría de reo indultado; realmente, vivir en París era una temeridad.
Aquella noche —la última que pasaría en París— don Higinio no salió a la calle: prefería a la frivolidad de lo actual las gravedades enlutadas del recuerdo. Se acordaba de Hernán Cortés y de «su noche triste». ¿No valía París el imperio de Motezuma?... Subió a su habitación y extenuado, así de pesadumbre verdadera como de aquella otra que su imaginación fantaseaba y se atribuía, sentose sobre un baúl. Miraba a su alrededor.
«Mañana, a estas horas —se decía—, estaré muy lejos...».
Intentó llorar, y como no pudiese se pasó un pañuelo por los ojos y se metió en la cama, donde no tardó en empezar a roncar sonoramente.
Al otro día, a media tarde, para tener tiempo de facturar, don Higinio arregló sus cuentas con el dueño del hotel, se despidió de Clark y del señor Francisco, repartió propinas entre los camareros y subió a un coche.
—¡A la estación de Orleáns!...
Llevaba consigo el portamantas, dos maletines y varias sombrereras. Tras él, en un camión, cubiertos por un hule, bajo la lluvia que caía a torrentes, iban sus cuatro baúles abarrotados de obsequios, y metidas en cajones especiales, la pianola del notario Arribas y una motocicleta.
En aquel viaje a través de París don Higinio parecía un rey mago.