Cinco años después de regresar de París don Higinio Perea experimentaba la desazonadora impresión de no haberse movido jamás de Serranillas; de tal modo sus antiguos hábitos habían vuelto a ganarle, y tan perfecto fue el ayuntamiento del día en que salió de su pueblo con aquel otro en que volvió a él, que a través del recuerdo entre ambos no parecía caber ni el intervalo brevísimo de una hora.
La restitución del audaz manchego al solar de sus mayores tuvo, durante varias semanas, estrépito y claridades de apoteosis. Don Higinio salió de París muy triste, y su negra pesadumbre le acompañó al trasponer la frontera y sobre el dolor de las llanuras castellanas: era una amargura de destierro, de paraíso perdido; don Higinio comprendía a Boabdil... Sin embargo, al columbrar nuevamente la iglesia de su pueblo, recibió una perforante emoción de ufanía; luego, según el tren adelantaba, iba reconociendo los semblantes, todos familiares, de las personas que le esperaban en el andén, y cada uno de ellos obtenía de su impresionable corazón un latido alegre. Finalmente, cuando oyó la voz conocidísima, evocadora, de Juan Pantaleón que gritaba, más emocionado y más artista que nunca:
—¡Serraniiiillas, dos minutos!...
Sus ojos se arrasaron en lágrimas y su redondo coramvobis se empurpuró. La multitud le aclamaba; un tonante griterío desgarró el espacio:
—¡Viva don Higinio Perea!...
—¡Vivaaa!...
Allí estaban, en primer término, su mujer, su cuñada, el enorme don Gregorio Hernández con sus robinsónicas barbazas más revueltas que nunca, como si la emoción se le subiese a ellas y las encrespara; don Cándido el boticario; don Tomás Murillo, Julio Cenén, que había cogido en brazos a Joaquinito Perea para que su padre le viese antes que a sus hermanos; el notario, don Jerónimo Arribas; doña Lucía, doña Benita, Pepe Fernández, director de El Faro; Gutiérrez, el jefe de Correos, con sus hijas Águeda y Francisca... Y tras ellos todos los socios del Casino, el ingeniero y varios empleados y capataces de su mina, y otras muchas personas curiosas de ver al viajero, de quien últimamente se había hablado mucho y cuyas supuestas andanzas recorrieron el pueblo a expensas de la credulidad paya de los unos y de la desocupación y malicia de los otros. Zarandeado, besuqueado, oprimido, don Higinio, sin tiempo para desembarazarse de su maletín y de la manta en que iba envuelto, se revolvía bajo un enjambre de brazos obsequiosos: todos querían palparle, ofrendarle un testimonio material de su afecto, y al hacerlo le recordaban sus encargos.
—¿Me trae usted mis postales?
—¿Y mis floreros? ¿Qué hizo usted de mis floreros?...
—¡Amigo Perea!... ¿A que se le olvidó a usted mi despertador?...