En la imposibilidad de responder puntualmente a tantas preguntas, el gran hombre repartía apretones de manos, frases de esperanza, sonrisas de asentimiento y parabién. A su alrededor y a propósito de su persona bullían los comentarios. Don Gregorio Hernández le encontraba más grueso; a don Cándido le parecía que no había variado. Agarrada a su brazo, estrechándose contra él enamorada y vagamente celosa, doña Emilia murmuraba:
—Perillán... bien te habrás divertido... Tenemos que arreglar muchas cuentas...
Desmayaba la tarde y en la claridad opalina de su agonía, la curiosidad adornaba de mujeres los balcones; tras las persianas latían ojos avizores; en las puertas de las tabernas la gente se agolpaba. Era la atención unánime, absoluta, de un pueblo, concentrada en un hombre. De este modo, rodeado por una multitud sobre la cual los cuatro grandes baúles que componían el principal equipaje del viajero flotaban como boyas, arribó don Higinio a su casa.
Aquellos primeros días fueron alternativamente de laxitud y de fiebre; a momentos de agitación calenturienta, durante los cuales el repatriado veíase obligado a divertir a cuantos amigos iban a visitarle, describiéndoles detalladamente lo mucho que vieron sus ojos, sucedían intervalos taciturnos de paz. Vaciados los cofres, repartidos los regalos, comentado hasta lo más nimio, amortiguada la curiosidad de todos, don Higinio recobraba su vida. Volvió a dar cuerda a los relojes y a sentir la suave melancolía de las cosas familiares y antiguas. Al principio añoró mucho las comodidades del hotel de los Alpes. ¡Qué lujo, qué refinamientos, qué manera de prever y adelantarse a las menores necesidades del pasajero! Don Higinio hablaba y no concluía: un criado para abrir la puerta, otro dentro del ascensor, doncellas que parecían institutrices, mozos de comedor con frac, guantes y botas de charol, y en cada piso camareros vestidos de smoking, ceremoniosos y elegantes como galanes de comedia, que caminaban delante de los huéspedes encendiendo las luces, abriendo a su paso todas las puertas hasta dejarles en sus habitaciones, y retirándose luego tras una respetuosa curvatura de su espina dorsal. Perea suspiraba. Trabajillo iba a costarle restituirse a lo antiguo. Ello constituía el asunto predilecto de sus conversaciones, y a cada momento, para dar a sus frases relieve y prestigio históricos, exclamaba:
—Estos puños que llevo están planchados en París.
Y otras veces:
—El perfume de mi pañuelo lo compré en el bulevar, cerca del café donde iba todas las tardes a tomar el aperitivo...
Lo que más trabajo le costó fue acostumbrarse a tirar de los cordones de las campanillas. ¡Qué abominable atraso el de los pueblos! En su dormitorio del hotel de los Alpes había un timbre pequeñín, de porcelana, colocado en la pared, entre la cabecera del lecho y la mesilla de noche. Bastaba poner un dedo sobre aquel botoncito para que segundos después, cual salido de una caja de sorpresa, apareciese un camarero sonriente, amable y cordial como un diplomático. En cambio, el empleo de la campanilla le parecía indecoroso, especialmente de noche: si se hallaba acostado y a oscuras y necesitaba llamar, había de molestarse sacando un brazo fuera del embozo, buscar a tientas el cordón sobre la frialdad del muro y tirar luego de él, destapándose y despabilándose con el esfuerzo...
También echaba muy de menos la vajilla del hotel de los Alpes, tan fina, tan limpia, y la corrección y rapidez en el servicio de la mesa, y, sobre todo, el arte pulquérrimo de lustrar el calzado. En Serranillas no había criada que supiese embetunar un par de botas. ¡Qué distinto de París!... Perea no podía olvidar su alegría cuando por las mañanas, ante la puerta de su dormitorio, hallaba, dentro de sus botas cepilladas y bruñidas como el azabache, su correspondencia del día y un número de Le Journal.
Merced a tales recuerdos, don Higinio, mucho tiempo después de salir de París, continuaba viviendo en París, fumando con fruición el detestable tabaco que en gran cantidad trajo de allí, discurriendo en francés y manteniendo abarrisco la hegemonía de Francia sobre todos los países de Europa.