—¡Higinio!... ¿Has cerrado la puerta de abajo? ¿Le diste cuerda al reloj del comedor?
Y luego, con la insolente autoridad del ama de casa abrumada de preocupaciones y deberes, añadía:
—¡Diantre, haz algo!... Debías suponer que yo soy de carne y hueso y no puedo estar en todo.
Él, callado y pasivo, más pasivo que nunca, con el reposo y la noble tristeza de un rey destronado, cerraba el balcón, aseguraba las puertas, soltaba los perros y volvía al dormitorio conyugal. Muchas noches doña Emilia, que tardaba bastante en dormirse, le oía suspirar.
Por refinado esmero que pusiese don Higinio en ocultar sus emociones, era imposible que su disimulo y gobierno de sí propio fuesen absolutos, y la mutación de su carácter no tardó en trascender al público. Doña Emilia y Teresita fueron las primeras en advertirla, y hasta los murmuradores, que al principio se burlaron de la pronunciación exageradamente francesa que trajo Perea de París, comprendieron que el espíritu de este atravesaba una grave crisis. Creeríasele herido de amor o sujeto a cualquier implacable remordimiento o maleficio.
—Nos le han cambiado —decía don Gregorio.
Y doña Emilia:
—Sí, señor, es verdad: el marido que se me fue no es el que ha vuelto.
A ratos, efectivamente, parecía otro hombre: la tristeza había aristocratizado su rostro carrilludo, y hasta en su cuerpo, a pesar de su fea cortedad y robustez, parecía insinuarse tímidamente una elegancia nueva. Se había suscrito a Le Journal, dejó de ir a misa, se aficionó a las corbatas de colores oscuros, compró un plano de Francia, y siempre que hablaba de París lo hacía bajando la voz, como si al evocar aquel recuerdo su alma penetrase en algún lugar sagrado. Era el acento respetuoso, recogido, prudente que se emplea en las casas donde hay un enfermo grave...
Contraviniendo su antiguo régimen de vida, salía de casa todas las noches, y acompañado de un perro caminaba por el campo diez y doce kilómetros. Ni el frío, ni la lluvia, ni el cierzo que pasaba ululante por los gollizos de la sierra, le detenían. Unas veces se plantaba en Argamasilla, otras en Almodóvar. Esto, amén de beneficiar su salud, le ayudaba a demostrar cuán cosida llevaba la costumbre de recogerse tarde. Sus convecinos se asombraban de verle y él sonreía, halagado y triste.