—Si me acostase antes de las doce —explicaba— no podría dormir.

No bebía más que cerveza y aseguraba que el olor del vino le producía náuseas. La primera botella de ajenjo que entró en Serranillas fue para él y suscitó largos comentarios: todos hablaban del brebaje verde donde Perea, que no podía renunciar a sus hábitos de París, disolvía lentamente un terrón de azúcar colocado sobre un tenedor. Julio Cenén compró la segunda botella, y como era muy novelero y gustaba de llamar la atención, la llevó al Casino para que todos lo supiesen. Este afrancesamiento de costumbres indignaba a don Gregorio e infundía a su vozarrón fragosidades de batalla.

—Son ustedes unos criminales —decía—, están envenenando al vecindario, y usted, amigo Perea, es el principal responsable. ¡Beber ajenjo en Serranillas! ¿Dónde se vio nada igual?...

Don Higinio hacía un signo de asentimiento y no contestaba; después se encogía de hombros, con la laxitud triste de quien sabe que no puede vencer sus vicios.

En la mesa familiar mantenía generalmente una actitud grave. Teresita hablaba trivialidades; doña Emilia regañaba a los muchachos por su desaplicación o sucia manera de comer y continuamente citábase como modelo.

—A tu edad —decía— yo no era así...

Perea callaba, aburrido, pensando que aquellas conversaciones repetidas día tras día, a lo largo de los años, tenían un rumor somnífero de aguacero. Frecuentemente quedábase absorto, inmóvil, la cuchara en el aire, los ojos, que no veían, clavados sobre un punto del muro. Su mujer le pellizcaba:

—¡Que no estás en París!...

Él la miraba, sonriendo bondadoso:

—¿Cómo adivinaste?...