Y seguía comiendo con esa placidez que suelen adquirir los rostros cuando el espíritu se halla ausente.
Recién vuelto de su viaje había continuado usando varios objetos que denotaban cierto galán refinamiento de costumbres: como ligas, bigoteras, frascos de brillantina, cosméticos, piedras pómez que limpian los dedos y les dan delicado pulimento, limas, pastas de rosado color para las uñas, pomadas suavizadoras del cutis y otros afeites. Pero insensiblemente, según el ambiente de Serranillas iba dominándole, aquellas novedades traspirenaicas fueron cayendo en deplorable desuso: las ligas cedieron su lugar a las antiguas y aborrecibles cintas; las bigoteras, olvidadas quedaron en un cajón de la cómoda; las limas se cubrieron de moho; los niños llenaban de agua los pulverizadores para regar las macetas. Perea había llegado a olvidar el secreto de aquellos lazos de corbata que se hacía en París y de nuevo, hasta en estas nimiedades, hubo de someterse a la férula maternal de su mujer. Lentamente se abandonaba, descuidaba los perfumes, no se limpiaba los dientes. Cuando iba a salir a la calle, no encontraba nada: doña Emilia tenía que anudarle la corbata, le ayudaba a ponerse los tirantes, le estiraba el chaleco sobre la redondez del abdomen, y al cepillarle la ropa, ya puesta, como lo hiciese con mucha exageración y ahinco, solía darle con la madera del cepillo en los artejos. Entretanto, le sermoneaba.
—¡Ah, qué hombre tan desmañado! La verdad, no comprendo cómo has podido arreglártelas por esos mundos separado de mí.
Él sonreía; su tristeza habíase resuelto en olvido o abandono de su persona, y en una novísima exaltación de su cariño a la naturaleza: pescaba más que antes y dedicose asiduamente al mejoramiento de los frutales del jardín. Amaba las uvas de reflejos metálicos; las fresas, que, con los últimos días abrileños, comenzaban a bermejear entre la verde alcatifa de sus hojas; las dulces sandías, que a veces se agrietaban de maduras, riendo con una bocaza clownesca, roja y feliz; las lechugas jóvenes, semejantes a esmeraldas sobre la gleba de la tierra removida y oscura. Entre los frutales, don Higinio tenía también preferencias. Sus favoritos eran los albaricoqueros y las higueras de frondoso y lozano ramaje, árboles peleadores, cuyas ramas enérgicas crecían rectilíneas hacia la luz. Ante estos tentáculos decididos, derechos y belicosos como bayonetas, los olivos más próximos, así como los manzanos y los guindos, de troncos blancos y redondos, recogían su follaje en un gesto notorio de huida. Perea desdeñaba aquellos árboles cobardes, cuya debilidad, por una larga concatenación de ideas, le movía a pensar en sí mismo.
A fines de mayo la llegada de unos acróbatas, procedentes de Ciudad Real, regocijó y puso en fiestas al vecindario. Los familiares del Casino no hablaban de otro asunto. Julio Cenén, que conoció al director de la farándula cuando este fue al Ayuntamiento por la necesaria licencia para levantar a un lado del paseo su circo de lona y tablas, aseguraba que las tres mujeres de la compañía eran hermosísimas, especialmente la más joven. Cenén y Pepe Fernández, director de El Faro, habían conversado con ella. Tenía diecinueve años y era de Perpignan.
—¿Habla español? —preguntó Arribas.
—Muy poco; veinte o treinta palabras; eso es lo malo: hay que enamorarla por señas.
Todos miraron a Perea.
—¡Vamos, don Higinio!... Ahí tiene usted una francesa, casi una compatriota... ¡Sea enhorabuena!... Ahora puede usted lucirse...
Don Higinio sonreía modesto. Sí, es verdad, que él dominaba el francés; pero... ¡bah!... La ocasión no era la más a propósito. En los Pirineos Orientales se habla un dialecto híbrido y oscuro lleno de influencias catalanas. ¡Una francesa de Perpignan!... ¡Si hubiese sido de París!...