Alguien insinuó la posibilidad de que Perea la conociese; como esas mujeres de teatro viajan tanto... Don Higinio sentíase puerilmente mecido, enfatuado, por tal suposición. ¡Quién sabe!... Mientras estuvo en París había frecuentado mucho los teatros Casino y Olympia, donde conoció a las aventureras de más boato y renombre, y no sería extraordinario que él y aquella titiritera hubiesen bebido cerveza juntos alguna vez.

—Yo —añadía bajando la voz— llevaba en París una vida de infierno: bailes, cenas con mujeres... ¡En fin! ¡Como un muchacho! Raras eran las noches en que iba a dormir a mi hotel.

Insensiblemente, los tres meses que don Higinio permaneció en París fueron dilatándose hasta convertirse en cuatro, en cinco, en seis... Al principio, el intrépido viajero se daba cuenta de su superchería; pero luego, repitiéndola, llegó a embaucarse y tener por hecho real y valedero su propia mentira. Y como la realidad de los sucesos y personas se desdibuja tanto o más en las lejanías del tiempo que en las del espacio, el mismo don Gregorio y todos sus amigos llegaron a creer que Perea, efectivamente, había residido en la ciudad del Sena más de un semestre. Contribuyó a añadir visos de certidumbre a la invención la época en que don Higinio salió de Serranillas: fue a mediados de noviembre, y el tránsito de aquel año al siguiente daba a su destierro longevidad increíble. Además, Perea, sumando discretamente lo poco que alcanzó a conocer a cuanto los periódicos le enseñaron, disertaba con notable desparpajo acerca de fiestas y cuadros de la vida parisina separados entre sí por grandes intervalos: de los bazares de juguetes que invaden los bulevares el día de Nochebuena y de la feria famosa del Catorce de Julio, aniversario de la rendición de la Bastilla; de los bailes de la ópera y del «Gran Premio» de Longchamps; de las borrascosas sesiones presenciadas por él en el Parlamento, y de las escenas galantes de las playas de Dieppe y Trouville... Y esta diablesca mescolanza de fechas y lugares coadyuvaba singularmente a dilatar su viaje.

El viernes, a las ocho y media de la noche, según El Faro había anunciado, celebrose la inauguración del circo: un verdadero acontecimiento que removió hasta el fondo los arcones olientes a naftalina, donde las muchachas acomodadas tenían guardados sus trapitos. A fiesta de tanta solemnidad y cosmopolitismo no podía faltar don Higinio. Acompañado de su mujer, de sus hijos y de su cuñada, ocupó seis sillas de la primera fila. Allí estaban también don Gregorio y doña Lucía, con sus rojas mejillas sopladas y tirantes; el boticario y doña Benita; Cenén, el notario Arribas, María Luisa y Primitiva Sampedro, las sobrinas del juez municipal; el jefe de Correos con su familia, y otros muchos nombres de la buena sociedad.

A lo largo de los asientos, como por hilos telegráficos, los chismes, las inquinas, las suposiciones calumniosas, corrían con inverecunda fertilidad y presteza. En aquel villano torneo de cobardía y maldad, los socios del Casino alcanzaban los primeros puestos.

—¿Han visto ustedes qué pálida está la hija de Gutiérrez?...

—Desde la historia del tumor...

—Sí, sí... ¡Valiente tumor!... De tumores como ese hemos nacido todos...

El circo, hecho de tablas, era una especie de anfiteatro, cubierto por una gran lona que oscurecieron la intemperie y el polvo y salpicada de remiendos blancos; un recio horcón o puntal clavado en el preciso comedio de la pista daba forma cónica a la frágil techumbre. La gradería de la entrada general hallábase separada de los asientos de mayor aprecio por un callejón, y la constituían largos tablones sin numeración ni respaldo. Una traspillada cortina de yute ocultaba a los espectadores el sitio por donde entraban y salían los artistas. Al otro lado, sobre un andamiaje a modo de palco, seis individuos pertenecientes a la Banda municipal, soplaban en sus instrumentos las bélicas notas de un pasodoble. El formidable bataneo del platillo señalaba el ritmo. Del suelo arenoso, removido, pisoteado, ascendía un polvillo sutil que iba blanqueando los sombreros de los hombres y amortiguaba el resplandor de los dos arcos voltaicos pendientes de un alambre sobre la pista.

Callado, un poco triste porque se acordaba de París, don Higinio miraba el espectáculo. Doña Emilia, adivinando la situación de ánimo de su marido, se irritó: estaba aburrido y, lo que era peor, con aquella cara aburría a los demás; la gente lo notaba.