—¿Quieres que nos vayamos a casa?...
Perea, hablando muy bajito, tranquilizó a su mujer:
—No, hija; si estoy contento... ¡Créeme!... Ahora... ¡Claro es!... Como de todo esto he visto mucho y tan bueno...
Efectivamente, ni las malabaristas alemanas, ni el payaso, ni el hércules que jugaba con una bala de cañón, le emocionaban; los perros amaestrados le aburrieron tanto que se puso a leer el último número de El Faro. Únicamente le interesó la francesita de Perpignan, que, de pie sobre una alfombrilla y a los acordes de un vals, realizaba ejercicios de dislocación. Era menudita, delicadamente carnosa, con cabellos de paje enguedejados y rubios y una boquita irónica como la de una dama galante del Renacimiento. La muchacha gustó; su juventud, su gracia, la cordial armonía de sus formas y ademanes, conquistaron al público; hombres y mujeres la observaban ávidamente, y la artista debió de sentir sobre su piel rosada, como efluvio magnético, el roce del deseo y de la envidia. Un grupo de amigos del Casino, Julio Cenén entre ellos, miraba a Perea, invitándole con exagerados guiños y aspavientos a que reparase bien en la francesita. Parecían decirle: «Ahí la tiene usted. Esas son de las que a usted le gustan». Viéndoles, don Gregorio reía. Don Higinio, molestado, miró a su mujer.
—Podían considerar que vengo contigo. Esas indiscreciones únicamente entre hombres solos pueden tolerarse.
Ella había enrojecido de celos.
—Cuando tus amigos te embroman así, algún motivo habrá. Yo no soy tonta. ¿Es que a esa mujer la conociste en París?
Perea, satisfecho y envanecido, se echó a reír.
—¡No digas disparates!... Claro que hubiera podido conocerla... Pero, no, te lo aseguro; no sé quién es...
Y su pueril petulancia era tal que quitaba eficacia a su negativa. Doña Emilia le miraba de hito en hito a los ojos, y bajo su rollizo corpachón toda su ingenua y caliente sangre manchega hervía. ¡Ah, la raza!